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Tejido

Rosaura Wells

Para Vicky, que con sus amigos ha tejido un mundo de túneles para compartir.

También para Pablo, a quien le gustan las tradiciones.

Por costumbre Vincent entreabrió las cortinas y comprobó que no había extraños en casa. Su expresión se relajó al posarse en Catherine con ternura. Ella estaba sentada, casi de frente al balcón, tan cubierta por pelotas de colores y papeles que apenas se veía su camisón; sobre el suelo a sus pies se derramaban igualmente hilos y pliegos. La mujer se inclinaba sobre una revista, y de pronto la sostuvo en el aire, volteándola e inclinando la cabeza como si no supiera muy bien cómo leerla. Su ceño fruncido y su expresión de cansancio decían lo mismo que el lazo empático entre ellos: se sentía frustrada.

Vincent tocó levemente en las puertas francesas, y ella levantó la vista, dedicándole un asomo de sonrisa; ciertamente un rayo de alegría se filtró en su ánimo. Sin embargo, no se levantó a recibirlo.

-Pasa –sugirió, y volvió a la revista.

El caballero dudó en el umbral, pero luego avanzó, en zancadas largas y elegantes. Su mirada sagaz no perdió detalle: los materiales que yacían en desorden eran útiles de tejido, ciertamente no una tarea a la que ella se dedicara a menudo. Catherine sintió sobre ella la mirada inquisidora. Sin levantar la vista de los papeles, más por inercia y cansancio que por concentración, explicó.

-Mary me dijo que Padre cumple años la semana que viene. Sé bien cuán orgulloso es, y qué poco le gusta que mis… recursos monetarios… intervengan Abajo. Comprendo que piense que no está bien pedir demasiado de los Colaboradores; pero…

-Tú no eres solo… una Colaboradora –vibró la voz profunda del varón.

Catherine sintió el pecho lleno de orgullo, y una sombra de sonrisa se insinuó en el rostro de su caballero. “Los lazos que nos unen son más fuertes… más que amistad… más que amor…”.

-Padre no conoce nuestro camino –continuó él-, y tiene miedo.

-Aun así, quiero darle algún recuerdo, alguna muestra de mi aprecio; y si no puede ser de otro modo…

-Pensaste en crear algo con tus manos.

-Sí.

Vincent tomó asiento a su lado, con gracilidad, poder y control en uno. Catherine percibió el movimiento y se volteó a mirarlo, apreciando una vez más lo que poseía en él. Era increíble el modo en que su sola presencia, imponente más allá de su tamaño, llenaba el espacio, y todo lo demás se volvía insignificante.

Cuando él se volteó y se inclinó hacia ella, los ojos de la mujer lucían dorados a la luz del fuego. El efecto era hipnótico. Aun así, logró desprenderse del encanto.

-Veo que necesitas ayuda. ¿Quieres que te muestre cómo empezar?

Vio los ojos de la mujer extenderse con sorpresa.

-¿Sabes hacerlo?

-Las obras manuales son el modo de vida Abajo. Aunque mis tareas no tienen que ver directamente con esto, cuando tengo tiempo libre, paso por la habitación de quienes tejen y las entretengo con mi lectura.

En silencio, Catherine le pasó el modelo que había elegido. Vincent lo tomó con pericia y estudió por un momento, con tanta concentración como si fuera un mapa.

-Es difícil –apreció-, pero todo es posible, con constancia.

Sus manos, con sus dedos terminados en garras, se veían enormes y grotescas sobre el frágil hilo, y Catherine se sorprendió al verlo manejar la aguja con gracia. A una advertencia de él, observó los movimientos. Vincent le mostraba los pasos (los esenciales, cómo comenzar) y ella tomó de sus manos los primeros puntos y los expandió.

En momentos, lo que sostenía era una larga cadena, y luego comenzó a ensancharse. Era como magia. Solo con seguir las indicaciones, un hilo casi invisible se convertía en tela, y las repeticiones se sentían de algún modo como una coreografía. Todo idéntico, para crear algo diferente.

Cuando decidieron descansar por esa noche, Catherine organizó los útiles y lo acompañó al balcón. Ya no había en ella sino paz.

-¿Te gusta tejer?

-Lo respeto –dijo él-. La obra es preciosa: delicada y elegante como un copo de nieve. Y cada una de las diminutas puntadas que por sí no son nada, contiene un sueño o un deseo para la persona a que está destinada.

-Hablas como si tuviera poder.

Vincent se volvió con gracia, su rostro relajado, casi sonriente.

-Lo tiene.

Durante días, Vincent la visitó, y cada vez se sentaron juntos. Mientras ella tejía, él deleitaba con historias (de libro o improvisadas) sus oídos dejando sus manos y ojos libres para trabajar. Con creciente admiración Vincent descubrió que, aunque era más difícil, Catherine adoraba tejer a la luz del fuego: le hablaba de intimidad y de algo valioso que se estaba creando con amor.

A medida que avanzaba la semana, Catherine descubrió que tejer podía ser sumamente tedioso, y el hecho de que nunca se daba el mismo cambio dramático del principio -de no haber nada, a…- la llenaba de frustración; a veces incluso pensó en dejarlo, en comprar algo hecho a mano en alguna feria -con un poco de suerte Padre no preguntaría. Sin embargo, más allá de la meta, durante el trabajo obtenía algo precioso: la compañía de Vincent, su cercanía, el sonido de su voz, su contacto. A veces, durante algún descanso, cuando más agotada Catherine se sentía, Vincent se detenía a su espalda y sus manos gentiles presionaban los músculos tensos con dedos siempre suaves, causando menos dolor que placer. A menudo el hombre tomaba en una mano el género naciente, lo palpaba con fruición, y con delicadeza, como si fuera algo precioso, y la admiración que Catherine veía en sus ojos era suficiente premio.

Puntada a puntada… puntada a puntada…

El trabajo demoró más de lo planeado, pero fue concluido a tiempo para la celebración. Al dar la última puntada, Vincent la miró con orgullo y susurró: “Bien hecho” con voz firme. Catherine sintió como si hubiera obtenido el triunfo más grande de su vida.

Tras la posición forzada, que la había hecho sudar, la brisa fresca del balcón se sintió tan bien en su piel que le hizo cerrar los ojos. Una mano de Vincent en su cintura la guió hacia la barandilla, hasta que a ciegas, más por experiencia, colocó las manos sobre el antepecho. Los músculos del cuello y de los brazos le dolían como si no estuviera acostumbrada a trabajarlos -claro que escribir era un trabajo diferente. Sin embargo, en esta jornada, en comparación, apenas se había cansado.

-Me alegro de haber persistido.

Vincent la observó, y tras un momento inclinó la cabeza hacia un lado en ese gesto tan enternecedor suyo con que escuchaba.

-No estoy acostumbrada a trabajos del hogar, así que era muy susceptible a rendirme.

-Has sido valiente –premió Vincent.

-Espero que a Padre le guste…

-Ha quedado hermoso. Pero sobre todo, es el hecho de que sea la obra de tus manos…

Se quedaron en silencio, observando el horizonte, desde el que la luna les sonreía.

-Tejer es un poco como la vida –pensó Catherine-: punto a punto, día a día… A veces tedioso, pero siempre… aprendiendo… y dando lo mejor…

Buscó la mirada y la aprobación de su maestro. Vincent callaba, los ojos fijos en una estrella, tal vez buscando las palabras. Finalmente, se volvió hacia ella.

-Lo imagino como una relación –explicó, su voz grave estremeciendo la noche-. Siempre puedes elegir, si continuas, si vale la pena… y cómo seguir, qué forma quieres darle…

-Una relación es entre dos… -señaló Catherine.

-Sin embargo, está dentro de cada miembro, y cada uno decide. Cada uno es responsable de una parte… tal como yo comencé para mostrarte los primeros puntos, y tomaba la aguja de tus manos cada vez que no sabías cómo continuar.

-Tienes razón. Cada puntada sería una decisión a tomar.

-Al final, si has trabajado bien, o incluso si no, queda algo hermoso.

Ahora estaban frente a frente. Una vez más, Vincent apreció lo pequeña que era esa mujer, y cuán fuerte era su presencia, cuán grandes los cambios que había provocado en su vida. Increíble… una figura tan delgada y pálida… tan similar a un niño… tan vulnerable… y tan capaz de encenderle la sangre o sorprenderlo en los momentos más inesperados.

-Y nuestro tejido, Vincent… ¿es hermoso?

Por una vez, él sonrió de veras, los ojos azules aún más claros por su alegría. Catherine quedó absorta en su gesto, al punto que casi no escuchó las palabras.

-Ciertamente. Tu tejido de sueños ha frenó mi caída en el abismo de la soledad.

Le tomó la mano y se la llevó a los labios, sin besarla, en un gesto de agradecimiento. Aun así, donde el aliento debía rozar la piel nació un escalofrío que se extendió por toda ella.

-Entonces, no voy a cejar.

El juramento de ella se extendió a su alrededor, y los iris del hombre inclinado se dirigieron hacia ella por debajo de sus doradas cejas.

-Yo tampoco.

 
 

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Nota del autor: Si les gustó esta historia, o incluso si no, me encantaría que me escribieran. Mi e-mail es claudialopez-at-puv-dot-sld-dot-cu  ¡Gracias!