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Ejercicios

Rosaura Wells

Para Damián, que sin saberlo me hizo comprender el potencial de la gimnasia.

Vincent percutió suavemente el cristal de la puerta con sus uñas. Esta vez, llamado por un sentimiento peculiar de libertad que emanaba de ella, que lo atraía como la luz a un insecto, había venido sin avisar, y por eso temía que Catherine no estuviera en casa; no obstante, la luz estaba encendida, de modo que le sorprendió que ella no viniera a su encuentro al instante, como solía hacer. Percutió de nuevo.

Una forma humana atravesó la puerta (abriéndola de paso) directo a sus brazos. Vincent la rodeó con ellos al instante.

Todas las nuevas sensaciones las percibió en un segundo: sus garras estaban rozando piel desnuda y húmeda, y podía sentir la respiración rápida y espesa.

-¿Catherine?

La figura se apartó de él para contemplarlo. Tenía los ojos brillantes y las mejillas sonrosadas, y su sonrisa era abierta, franca…

-Siento la tardanza –explicó agitada-: hoy no he llegado a tiempo al gimnasio… otra vez… así que he preferido hacer los ejercicios en casa.

En efecto, sentía en ella uno de esos momentos de liberación que solo el duro esfuerzo físico puede proporcionar; a Vincent le sorprendió no haberlo identificado antes. Asintió de golpe, tragando con dificultad; aturdido, se dejó guiar dentro de la habitación.

-Siéntate. Te traigo un poco de agua.

No tuvo tiempo de responder; unos segundos después, había un vaso entre sus manos.

Catherine, por primera vez, se sentía incómoda. Vincent inclinó la cabeza hacia un lado, en un gesto mudo de interrogación, de escucha. Percibió cómo ella arreglaba con nerviosismo la camiseta, y eso le dio una pista.

-Catherine, hoy estás particularmente… atractiva.

-¿No te molesta? –se le escapó a Catherine

Tras la pregunta, la chica mordió sus labios, que habían cometido esa enorme imprudencia, casi con rabia. Vincent percibió su ansiedad y no la hizo esperar una respuesta.

-Es… diferente… del modo habitual en que te veo vestida… pero te ves… encantadora…

Catherine le lanzó una sonrisa con una gota de vacilante picardía, y suplicó:

-¿Podrías, por favor, esperar un momento? No debe faltar mucho para el final del video…

Vincent asintió con firmeza.

-Ponte cómodo.

A pesar de la invitación, no se resolvió a tomar asiento, y el agua enfriaría sus manos por algún tiempo más. Catherine se apresuró hacia la habitación contigua. Vincent pudo apreciar fácilmente, bajo el cómodo short, la camiseta no muy ceñida ya húmeda, y la toalla que descansaba sobre los femíneos hombros, la suave tensión de los músculos que se movían con coordinación perfecta al comando de su poseedora. Había dicho la verdad: ni siquiera en esos elegantes vestidos de espalda descubierta, que a Vincent le permitían a veces, muy brevemente, rozar la piel desnuda de su amor imposible, el hombre la había hallado nunca tan atractiva.

Catherine alcanzó el mando del televisor, y cuando la pantalla comenzó a moverse se tendió sobre una manta en el suelo e imitó los movimientos que veía en la modelo.

Vincent sacudió la cabeza para aclararla. En realidad, no había por qué sorprenderse: al abrazar a Catherine siempre había sentido la firmeza de sus músculos, la energía de aquel cuerpo bajo la piel aterciopelada; esa contradicción era una de las características de la mujer que más lo atraían. Catherine siempre parecía lista para echar a correr o cualquier otro esfuerzo físico, y debía estarlo, teniendo en cuenta los riesgos de su empleo. Dada la pereza que las comodidades de Arriba favorecían, ¿cómo sería posible ese poder en Catherine, de no ser por la voluntad de ser mejor, en todo sentido? “Mente sana en cuerpo sano”; Catherine definía esta expresión, y él la admiraba por ello.

Se reprendió por no haberse excusado por su llegada, inesperada e inoportuna, pero la sorpresa había paralizado incluso su educación; además, con Catherine nunca se sentía menos que bienvenido.

Había gracia en el modo controlado en que Catherine se movía al hacer trabajar su cuerpo, como ahora. Era una poesía sin palabras. La elasticidad, la… facilidad con que las partes de su cuerpo se deslizaban unas sobre otras… el ritmo que seguía ahora… tenían algo de sensual. También sus sentimientos: una suave languidez se extendía como agua tibia dentro de ella. De pronto, Vincent recordó cómo había venido hacia él: su olor también era diferente, más… natural, más… atrayente… primitivo…

Hubo un crujido muy cerca y Catherine se volvió hacia él; con un gemido de preocupación se levantó apresuradamente, y enseguida examinaba la mano de su invitado. Vincent siguió su mirada y vio algo rojo y húmedo donde segundos antes había estado la piel intacta de su mano: había roto el vaso que le habían ofrecido.

Susurró una disculpa. No había sentido dolor, y no lo sentía ahora: el frío del agua y el calor de sus propias emociones habían atemperado sus heridas. A pesar de eso, Catherine se había puesto pálida y alcanzaba el maletín de primeros auxilios con ansiedad desproporcionada al daño. Ella colocó resueltamente la garra lastimada sobre un paño limpio y, con el ceño fruncido, comenzó a extraer cristales, hasta los más pequeños. Vincent no miraba la labor, aunque, desvanecido el rápido correr de su sangre, sentía los agudos pinchazos de la operación, y luego el ardor del desinfectante; con todo, Catherine se veía increíblemente tierna cuando cuidaba a alguien de esta manera y nunca había tenido la oportunidad de cuidar de él, y Vincent estaba encontrando difícil el lamentar el accidente.

-¿Duele? –preguntó Catherine, los ojos alzados hacia él casi en súplica.

Él sonrió y negó con la cabeza. Sin embargo, lanzó involuntariamente un gemido de placer cuando los aguijonazos de dolor comenzaron a desaparecer al contacto tibio del vendaje.

-Tienes que regresar a la gimnasia -advirtió.

Catherine comenzó a negar con la cabeza.

-Insisto. No quiero que pierdas este día por un descuido mío –Catherine abrió la boca con expresión de protesta-. Puedo esperar. Por favor.

Lo miró con recelo, pero él lo decía en serio, y no solo por ella: a pesar del dolor, le había gustado verla ejercitarse, y le gustaría verla de nuevo.

Catherine pareció decidir que cuanto más rápido fuera, más pronto regresaría; sin otra mirada a su invitado, corrió hacia su puesto. Vincent notó que no rebobinaba el casete, sino seguía por donde lo había encontrado. Estaba omitiendo como quince minutos de ejercicios; era otra expresión de su ansiedad por él. Vincent sonrió.

Catherine prosiguió con su gimnasia, pero sus movimientos eran tensos, ansiosos… tal vez incómodos… A pesar de eso, Vincent no quiso apartar la mirada. Pronto el nerviosismo desapareció, sustituido por la bendita placidez de no pensar. Sentir esto a través de ella era muy diferente del sentirlo en sí mismo, le dejaba suficientes energías para alimentar sus pensamientos, su imaginación. También lo volvía imprudente. Además, podía sentir que Catherine empezaba a sentirse cómoda con esta muda admiración con que él la contemplaba, e incluso comenzaba a lucirse con inocente vanidad; esa certeza embriagaba el orgullo del hombre.

El video llegó a su final. Catherine se sentó, resoplando, la espalda extendida hacia atrás apoyada sobre sus manos, y alcanzó el mando del televisor para apagarlo. Se volvió hacia Vincent con expresión interrogante. Fue entonces que él percibió que se había acercado a ella, pero no juzgó su impulso: tomó la toalla que minutos antes envolvía el cuello de la mujer, se arrodilló en el suelo y, muy lentamente, comenzó a secar el sudor de sus piernas.

Todo parecía desarrollarse en cámara lenta. Catherine dejó de respirar mientras el paño subía por un muslo y luego por el otro, respetando los límites del short… mientras Vincent subía gentilmente la camiseta para secar la espalda de su adorada… mientras envolvía los bordes de la toalla para secar su cuello y luego su rostro…

El hombre mantenía la mirada fija en el paño, de modo que solo cuando secó su frente Catherine vio sus ojos: había en ellos un muy delgado aro de azul, que rodeaba un negro de la profundidad del abismo, vacío de todas las ideas altruistas y complejas que dominaban la vida de este hombre. Sin embargo, él sonreía, de un modo salvaje, liberado, muy poco consciente de los colmillos que se revelaban. Catherine nunca lo había visto tan magnífico y poderoso. La excitaba.

Vincent acarició las costillas de Catherine con las uñas y ella se defendió por instinto. Vio en él un ramalazo de comprensión. Pronto sus defensas eran insuficientes para el ataque de… cosquillas. Sus manos alcanzaron un cojín y lo golpeó con él. Vincent lanzó un gruñido de protesta mientras rasgaba la tela, desorientado y alarmado por el súbito ataque; pero enseguida comprendió el juego. Por un momento se sintió avergonzado, pero Catherine reía, y finalmente él olvidó su falta y la golpeó con otra almohadilla, haciéndola jadear de sorpresa. Catherine se batió con él, hasta que su almohadón fue tela en sus manos y plumas volando por todas partes.

Rodaron riendo sobre el suelo, y cuando sus risas se dieron tregua estaban uno frente a otro, yaciendo de lado sobre un mar de plumas blancas.

El mismo impulso, natural y espontáneo, nació en ambos al mismo tiempo. El espacio entre sus bocas se estrechó hasta que estas se mezclaron en una danza, primero inocente, luego sensual. El mismo placer que siempre habían sentido haciéndose felices el uno al otro, lo sentían ahora acariciando al otro con sus labios, con su lengua; primero solo la boca, luego el cuello, los hombros, el vientre… Las telas desaparecieron sin que ninguno de los dos supiera cómo. Se exploraron con gozoso abandono, felizmente ignorantes del mundo que… ¿seguía a su alrededor? El espeso pelaje que envolvía a Vincent y el calor vibrante que irradiaba, escasamente humano, hacía hormiguear la piel de Catherine, fresca y envuelta en un delgado vello transparente. Era una sensación intoxicante, fascinante, el disfrutarse así. Catherine sintió por primera vez el pinchazo de los colmillos felinos sobre su piel, y muy seriamente mordió a su amante, en una bravata tan obvia que los hizo reír a ambos.

Sin embargo, el sonido argentino se apagó y dejó el silencio, y dos cuerpos desnudos y sudorosos que ardían por consumar su unión: Vincent de lado y apoyado en su antebrazo, Catherine tendida de espaldas, y un par de torturantes centímetros entre ellos.

Vincent dejó de besarla y se inclinó sobre los hombros de Catherine. La mujer pudo sentir el escalofrío que lo recorrió, y un suspiro en su cuello le provocó un delicioso cosquilleo que se extendió a toda su piel. El aliento de Vincent estaba rasgado, se podía sentir la tortura del deseo en todo su ser.

-Catherine, ¿estás segura de esto?

Catherine dudó haber escuchado bien. En principio, su voz estaba demasiado hosca, y las palabras sonaban como gruñidos; era increíble que él aún mantuviera tanto control en el tupido incienso de pasión que se extendía en torno a ambos.

Un mechón de la espesa melena rojiza de su amante rozó su mejilla, y Catherine se estremeció. A pesar de la pregunta, había en la voz una inconfundible expresión de triunfo; aunque su respeto hacia ella le exigiera esa última formalidad, inconscientemente ya la había reclamado para sí. Había una sola respuesta posible. Catherine se volvió de lado, alcanzó su cuello y lo rozó con sus labios. Sintió una vibración, mezcla de carcajada y ronroneo, justo antes de sentirlo deslizarse dentro de sí.

Lanzó un gemido involuntario. Era una sensación como nunca antes había tenido. De hecho arañaba y dolía, pero al segundo embiste descubrió que el dolor era, de algún modo, libertad; su tercer gemido fue de puro placer.

El modo en que sus cuerpos empapados encajaban y se deslizaban uno dentro del otro… aún luciendo tan diferentes, cuando estaban así… Lanzó otro jadeo rasgado y lo envolvió con más fuerza entre sus piernas. Se sentía como en un torbellino, y su amante era lo único tangible allí; no la guiaba, y ella no lo guiaba, solo… paseaban juntos y ciegos por aquel paraíso.

Finalmente su Edén vibró y estalló como una supernova. El impulso los llevó lejos, a un mundo dorado con el que nunca habrían podido soñar; cuando regresaron tenían abrazado un pedazo de ese olimpo.

Catherine inclinó la cabeza, enterrando la frente en el pecho sudoroso de su amado. Aún lo sentía dentro de ella. Vincent la abrazó con más fuerza, apretándola contra sí con una mano en la base de su espalda y otra en su cabeza, que descansaba sobre el brazo de él.

Al final, las estrellas dejaron de relucir en torno a ellos, pero el temor no volvió. Perezosa, Catherine cerró los ojos. Vincent la despertó con una mano bajo su barbilla y la hizo alzar los ojos hasta él.

Estaba transfigurado: parecía brillar con la consciencia de su propio valor, con la felicidad de haberlo compartido… y sus ojos… ¡Ah, esa expresión! Su gentileza había madurado de repente como con un soplo de sol.

-Catherine, ¿tienes idea de cuánto te amo?

Aún jadeaba un poco; el sonido le recordó lo que acababan de compartir y le quitó el aliento. Catherine asintió.

-Gracias por amarme también –completó él.

No había palabras para explicarle lo que sentía. Catherine alcanzó la mano de él y la llevó a su pecho para que sintiera su corazón.

 
 

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Nota del autor: Si les gustó esta historia, o incluso si no, me encantaría que me escribieran. Mi e-mail es claudialopez-at-puv-dot-sld-dot-cu ¡Gracias!