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Crisálida

Rosaura Wells

Vacío. Dentro de él, solo la sensación de urgencia… y el miedo a fallar, que él no debía permitirse. Ni siquiera el salvajismo intrínseco a su naturaleza bestial podía borrar esos elementales sentimientos: mientras la bestia rompía la pared, arañaba y lanzaba a los guardias armados, arrancaba una puerta, ahogaba a un hombre con ella; aún la otra mitad de su mente, la mitad humana que había recobrado dos meses atrás, permanecía extraordinariamente consciente, y lloraba por el tiempo que estaba perdiendo… temía que fuera esta su última oportunidad de hallarla… que fuera demasiado tarde…

Catherine…

¿Dónde estaba?

¿Por qué no podía sentirla?

Luces rojas a su alrededor. Alarma. La adrenalina en su sangre. Corrió sin rumbo, buscándola a ciegas; el sentido que había perdido, la conexión con la persona más importante de su vida, no volvería… ni siquiera ahora.

Ruidos. Luces. Desde la ventana. Abajo.

Unos hombres. Un automóvil. Entre ellos, Catherine. Los hombres la forzaban al carro con ansiedad. Ella no luchaba ahora, pero momentos antes lo había llamado, había pedido su ayuda… conscientemente, como nunca antes había hecho.

Miró la ventana, buscando una debilidad. No la había, pero tampoco había tiempo. Rugiendo arrancó la reja y la lanzó lejos, antes de atravesar los cristales de la ventana. No sintió los cortes, ni la sangre.

El techo del auto se plegó bajo su peso.

Matarlos. Los hombres en el auto. Necesario –no algo a lamentar: le habían hecho daño. A ella.

Rompió el cristal de la ventana y palpó la piel tersa en uno de los rostros. Un dolor punzante lo hizo retirar la mano, pero al momento regresó. Sintió el chasquido en el cuello.

Entonces, el suelo bajo sus pies se movió. Rodó sobre sí mismo.

“¡No! ¡Catherine!”

Logró agarrar el parachoques trasero del auto y sintió cómo lo arrastraban sobre las piedras. Una de las uñas se enredó entre los hierros y se levantó. Pero el dolor ya no existía para él; ni el cansancio de su cuerpo, que oscilaba tras el auto, chocando contra las paredes del callejón.

Tensó los músculos, intentando flexionar el antebrazo. Solo tenía una idea en su mente: la necesidad de subir.

Los brazos tardaron en responder, y el primer intento falló. Al segundo logró acercar la cabeza al parachoques. Se agarró a él también con los dientes, y hundió las uñas en el metal del maletero. Soltando el parachoques, se arrastró sobre el metal, favorecido por su lisura.

Disparos. Un ardor rojo en su frente. “¡Estúpido, ella va aquí atrás!”.  Protestas. Voces alzadas. El automóvil volvió a zigzaguear, y Vincent a duras penas pudo agarrarse con las piernas; pero entonces estuvo bien sujeto. Evadió la próxima bala, aunque una tercera rozó un hombro. Dentro del auto, las sombras forcejeaban: “¡Idiota! ¡Si la hieres, Gabriel nos mata!”. “¡Mejor que ser despedazados por esa cosa!”. Las palabras para Vincent ya no tenían significado: lo único importante era no caer, y ni siquiera recordaba por qué.

-Vincent.

Esa voz, entre tantas voces… Débil, apenas audible… Pero lo llamaba. Toda la fuerza que faltaba a esa voz ahora estaba dentro de él. De pronto ya no existía el miedo. Un rugido casi triunfal salió de su garganta mientras se alzaba para alcanzarlos. Trepó sobre el auto y rompió la ventanilla del conductor; ni siquiera dio tiempo a que algún disparo lo alcanzara: su garra entró en el auto y salió llena de sangre, directamente de la carótida del enemigo.

El auto perdió el control, y ahora Vincent necesitó de toda su fuerza para agarrarse. De pronto, el impulso de un choque lo lanzó hacia adelante; solo la potencia sobrehumana de la bestia le permitió moderar el lanzamiento y soportar el golpe. Cuando se alzó, dos cadáveres se habían salido del auto por el parabrisas, y uno de ellos tenía dos enormes cristales profundamente clavados en el abdomen, que casi lo dividían en dos.

Catherine también estaba en el auto.

¿Qué habría sucedido con ella? Desde aquí, no había modo de saber si ella había muerto… si él mismo la había matado.

Bajó lentamente del techo.

Al verla inmóvil al lado del otro enemigo Vincent sintió la muerte en el alma, pero todavía no había paralizado su cuerpo.

El hombre sobre el que Catherine se apoyaba gimió, con los ojos enormes de terror.

-No me mate –rogó con voz chillona-. Soy doctor, puedo ayudar... -se ofreció el cobarde, mirado las heridas en la bestia mientras se humedecía nervioso los labios; Vincent resopló, ofendido por el olor a orines.

Vincent giró hacia la otra ventanilla muy lentamente, temiendo lo que encontraría allí.

Catherine estaba muy quieta. Sobre la pálida piel de su mejilla la sangre se agolpaba en torno a un fragmento de cristal no muy grande, y bajaba hasta su cuello. También había rojo en su frente. El paralelismo con la primera vez que la había visto era inevitable.

La columna no parecía doblada en ángulo extraño, pero si se había fracturado, mover a Catherine, incluso para sacarla de este lugar, podría significar para ella la muerte.

El cobarde superviviente se volvió hacia la puerta abombada de su sitio y el cuello de la mujer se deslizó de su hombro. Vincent rugió angustiado; el enemigo se detuvo y gimió pidiendo perdón (¿por querer escapar?) Vincent no lo escuchaba. Horribles segundos pasaron antes de que pudiera aceptar que no había ocurrido el desastre previsto… que no tenía que temer una fractura… Aunque tal vez, ya era demasiado tarde para temer…

El débil enemigo lanzó una mirada ansiosa hacia la otra salida, del lado de Catherine; por alcanzar la libertad podría atropellar a la mujer, pero no enfrentarse al monstruo que permanecía a su lado.

Vincent se tendió sobre el maletero y alcanzó a Catherine. ¿Respiraba aún? Colocó su mano temblorosa sobre los labios de la mujer, y una débil brisa sobre su piel lo sacudió. Siguiendo un instinto ancestral, Vincent utilizó su lengua para limpiar la sangre en el cuello de su adorada; no había herida allí. Buscó el pulso y lo halló muy lento, pero palpitante.

Con ansiedad arrancó los cristales que se interponían entre ellos. No se le ocurrió proteger su mano; en todo caso, no sentía los cortes, ni la sangre cálida que manaba de su piel manchando el espaldar del asiento. Suavemente tomó a Catherine por los hombros y la sacó de allí; apenas lo hubo hecho, el cobarde se abalanzó contra la puerta sin resguardo, logró abrirla y echó a correr.

A Vincent no le importó. Todo su mundo estaba frente a él… débil, moribundo… Abrazó a Catherine estrechamente y colocó su mejilla sobre el cabello; lo besó, sintiendo su olor único. Sus emociones lo enajenaban.

La alzó sin esfuerzo y echó a andar con lentitud, en silencio. La meta estaba clara: con el lazo empático entre ellos perdido, Vincent no sabría si ella corría peligro a menos que estuviera cerca. En un hospital tendría que dejarla a merced de doctores en los que ya no confiaba. La segunda mejor opción era Padre.

Las calles no estaban vacías, pero Vincent no hizo caso a las personas que pasaban a su lado. Si veían su rostro y le temían, si corrían o gritaban, nada de eso tenía importancia ahora. Solo prestó alguna atención a su entorno cuando hubo llegado cerca de la entrada a su mundo, y para entonces todo a su alrededor estaba desierto. Dejó a Catherine suavemente en el suelo, haló la reja (la cual cedió con un golpe seco) y pasó con Catherine al otro lado. No se molestó en cerrar la entrada; quien estuviera de guardia se encargaría de eso.

Su mundo. El alivio lo hizo estremecer.

A salvo para temer.

A salvo para llorar.

No se atrevía a correr: Catherine ya había sufrido un choque este día.

Fue muy largo el camino, aunque no tanto como la búsqueda que lo había precedido. Vincent se halló sosteniendo, con una mano, el cuello de ella de modo que la cabeza caía sobre su hombro; al sentir el aliento de Catherine en su cuello (muy de vez en cuando), inconscientemente había inclinado la cabeza hacia ella para sentir el roce del suave cabello contra sus mejillas. En cierto modo se sentía como si Catherine hubiera muerto: el peso frío e inerte en sus brazos lo hacía temblar de miedo, nostalgia… Pero estaba viva. La felicidad en esa certeza, por contraste, lo golpeó. Ahora toda la impotencia de dos meses cabía en este estrecharla contra él, sentirla respirar, sentir su calor y su esencia única.

Las primeras antorchas aparecieron, cada vez menos espaciadas a medida que se acercaba al centro de su ciudad. Se cruzó con quienes se adelantaban a recibirlo, pero no tenía fuerzas para saludarlos. Cuando llegó a la cámara de Padre toda una multitud silenciosa lo seguía, como una marcha fúnebre.

Padre lo esperaba de pie, con la maleta de los instrumentos en la mano libre. Se tambaleó un poco al verlo: el cuerpo de su hijo estaba lleno de sangre y polvo, en contraste Catherine parecía una princesa plácidamente dormida.

Vincent hizo una pausa en la entrada, emocionalmente agotado, pero cuando inclinó la cabeza sobre Catherine el femíneo olor, más intenso, le dio fuerzas; avanzó hasta la cama, apoyó sobre ella una rodilla y, con ternura, depositó allí a la mujer. Mientras se apartaba, la miró de cerca, sus rostros a centímetros de distancia; ella tenía los ojos cerrados con dulzura, como si se sintiera a salvo… o como si estuviera muerta… Los ojos de Vincent se humedecieron. Se alejó mientras liberaba el brazo de Catherine de su hombro hasta tomar la pequeña mano entre las suyas; de paso la acercó a sus labios. Un delgado mechón de cabello había caído sobre el precioso rostro de la dama; Vincent lo apartó con gentileza, rozando apenas el rostro terso, y apoyó sus dedos sobre la aureola dorada. Era tan hermosa esta paz… Insoportable… Vincent alzó la cabeza y suspiró; la mano que sostenía la de Catherine se abrió y se cerró y luego, por fin, él apoyó sus labios contra el dorso suave, bajo el que corría la sangre… todavía. Cuando miró de nuevo hacia el rostro pálido de la mujer, apoyó la mejilla contra su mano, casi esperando contra toda esperanza que abriera los ojos de nuevo.

-Vincent –escuchó la voz de Padre en la distancia-, ¿qué ha sucedido?

“Ella necesita un doctor”, recordó Vincent de pronto; aún su mano se crispó sobre la de ella, pero la conciencia de lo que Catherine necesitaba era más fuerte que su irracional impulso de mantenerla cerca. Resuelto, bajó la mano inerte y se apartó, aunque las fuerzas no le alcanzaron para apartar también su mirada.

A Padre le bastó: inmediatamente se acercó a la mujer y comenzó el examen tomándole el pulso. Mientras más pronto Catherine estuviera fuera de peligro, antes podría atender las heridas, más serias, de su hijo.

-La introdujeron en un coche –narró Vincent-. Maté al conductor y el automóvil chocó.

-No hallo trauma craneal, y la columna cervical no está fracturada –confirmó Padre-. ¿Ha sufrido algún otro daño?

-Si la quisieran matar, no se la habrían llevado… -interrumpió Mary, detrás de ellos.

-Mary, por favor, mide su frecuencia respiratoria –encomendó Padre.

-No, que yo sepa -contestó Vincent a la pregunta-. No sé por qué está tan débil…

De pronto, la mano gélida del miedo apretó su garganta.

 -Está drogada –afirmó Padre; abrió los ojos de la mujer para examinar sus pupilas e hizo pasar sobre ellas la luz de una linterna-. Un opiáceo… Tal vez morfina… Jamie, llama a Peter; dile que necesitamos naloxona –una delgada sombra desapareció de la habitación en silencio.

-¿Qué puedo hacer? –preguntó Vincent.

-Rezar.

Padre se lavó las manos al lado de la cama y se acercó a él. Colocó una mano en el alto hombro de su hijo y, mirándole a los ojos, razonó:

-No puedo hacer nada por ella mientras me falte la medicina. ¿Me permites curarte a ti mientras tanto?

Dentro de Vincent hirvió un sentimiento muy similar a la rabia.

-No, Padre.

 

-¿Cómo está? –susurró William, mirando la figura arrodillada al lado de la cama.

Padre frunció el ceño y lo condujo fuera de la habitación, dejando en ella solo a la mujer inconsciente y al hombre que la velaba.

Vincent no se volvió para verlos. Deseaba que lo dejaran solo… solo con Catherine; así no tendría que mantener esta máscara.

Su atención estaba concentrada en la blanca figura inerte sobre la cama. No había palabras para describir lo que sentía. Ni siquiera Padre, con todo el amor que sentía por él, con toda la compasión que lo caracterizaba, negaba lo evidente. Su instinto estaba bien; Catherine no. Literalmente, la estaba viendo morir.

Vincent suspiró, devorando con la mirada el escaso matiz que quedaba bajo las mejillas de su amada; ya solo sus labios tenían algo de color.

Sus labios, invitantes, tentadores; aún ahora. ¿Por qué con tanta obstinación se había negado y le había negado a ella el placer de un beso? Todas las razones palidecían ante la inminencia de la muerte: no había querido alejarla de su brillante futuro para atarla a este mundo, a esta tumba… a él… y ahora tal vez no habría ningún futuro; en este mundo, al menos, habría estado a salvo, rodeada de amor: él se habría asegurado de eso. 

Una lágrima solitaria rodó por su mejilla, y Vincent suspiró una vez más antes de descender sobre los labios de su amada. Apenas una pizca de calor quedaba en ellos, pero su suavidad... no había nada que se comparara con esto. No había nada comparable a ellos juntos, en cualquier sentido. Ahora solo quedaban los recuerdos.

-Mientras yo viva, tú vives… Conmigo… En mí… Siempre…

No podía respirar. Atormentado por sus propias palabras, descendió hasta apoyar la frente en el frágil hombro de Catherine.

El ruido cerca de la cámara no lo alarmó. Si apartó la mirada, fue para conservar lo íntimo de este momento.

-La medicina –anunció Padre, triunfante; detrás de él llegó Peter, el ceño fruncido.

Mientras Mary levantaba la cabeza de Catherine y colocaba una toalla bajo esta, Peter ciñó un elástico en torno al brazo de su paciente, limpió la piel y penetró una vena con la aguja; la sangre se mezcló lentamente con el medicamento. Cuando concluyó la inyección, Peter dejó la aguja en la piel.

-Ahora todo estará bien –dijo Padre, mirando a Vincent con ansiedad.

Los doctores se volvieron, comentando el caso en voz baja; Mary escuchaba. Todos ellos estaban de espaldas cuando sucedió.

Fue primero un movimiento extraño, no natural; Vincent presintió el peligro y en una zancada estuvo al lado de la enferma. De pronto Catherine saltaba inconsciente sobre la cama, de modo tan violento que ni siquiera el peso del gigante, que la sostenía por los hombros contra la cama, podía frenarla del todo. Órdenes apresuradas vibraban a su alrededor. Padre introdujo un objeto entre sus dientes para evitar que se mordiera la lengua; William se apoyó con todo su peso sobre sus piernas. Aun así, Catherine se movía como endemoniada.

Para Vincent, el tiempo se había detenido; de pronto estaba en paz. No estaba en otro lugar, y la desesperación eran tan fuertes como antes, pero su fuerza era aún mayor. Rezaba.

Lentamente los saltos desaparecieron, y Catherine, de nuevo, permaneció quieta. Mientras Padre inyectaba otra dosis del medicamento, se contrajo y vomitó; Vincent volvió la cabeza de ella apresuradamente, de modo que el líquido saliera de su boca, para que no lo aspirara al respirar. Parte de la pasta se derramó sobre una de sus manos; la cerró y, con la otra, acarició la mejilla de la mujer hasta hubo pasado. Mary se acercó para cambiar el paño bajo la cabeza de Catherine y, de paso, acercó agua a la mano de Vincent, que murmuró un “Gracias” mientras se aseaba.

-Es una reacción al medicamento –explicó Peter mientas inyectaba la tercera dosis.

-¿Ese movimiento? –preguntó William.

-No, eso es propio de la droga que le dieron antes; pero el vómito es propio del antídoto, significa que está reaccionando.

Vincent ya no escuchaba: sentado en la cama, justo al lado de Catherine, sostenía su mano y esperaba.

 

Todo era confuso. Catherine se movió un poco, más dormida que despierta. Durante unos misericordiosos segundos no tuvo recuerdos. Cuando volvieron, estaba teniendo un sueño tan bonito que no le importó: escuchaba a Peter, a Padre y a Mary otra vez. Eran voces graves y musicales; simbolizaban la amabilidad que había conocido. Se extrañó de recordarlas tan bien. Tal vez hoy volvería a ver a Vincent; si no se dejaba engañar por el delirio, si no volaba hacia él, el espejismo duraría unos segundos más.

Ahí estaba: una caricia en la mejilla, fuera de lugar en el infierno en que la habían colocado. Hasta sintió la humedad de sus lágrimas.

-Catherine –la voz única de quien no debía estar aquí la hizo abrir los ojos.

Allí estaba. A través de las lágrimas, Catherine solo veía sus ojos, fuegos fatuos. Ojalá se estuviera volviendo loca; un bajo precio por una felicidad interminable.

-Vincent –murmuró tranquilamente.

Escuchó un gemido que pretendía asentir y lo vio contraerse levemente. Controlar su alegría era un suplicio; toda ella era un gracias a la fuerza que había escuchado su plegaria.

-Te necesito –murmuró Catherine para este maravilloso espejismo.

Se sintió elevar en el aire, conducida por una fuerza enorme. Un pecho amplio la recibió, y sintió bajo su mejilla una humedad de la que no era la causa. Fue entonces que comprendió.

“Estás a salvo. Ahora estás a salvo.”

Era cierto. Una luz extática pareció extenderse por su cuerpo; por unos segundos no fue consciente de nada más que de la presencia que no debía estar aquí, y cuando regresó a la Tierra sintió los labios de él en los suyos.

Gimió de placer e intentó rodearlo con sus brazos; no respondieron. Sin embargo, era casi una experiencia religiosa sentir el sabor de él, tan parecido a su olor: a confort, a intimidad, a refugio. El modo en que encajaban era sobrecogedor; la hacía sentir… que había hallado su sitio.

Un discreto carraspeo los apartó.

-Las emociones demasiado fuertes podrían perjudicarla –aclaró Peter.

A Catherine le costó comprender a quién se refería, pero Vincent saltó como si se estuviera quemando, y la depositó con delicadeza pero también con prisa sobre la cama. Mientras lo hacía, los jirones de ropa, que con dificultad cubrían la piel de Vincent, se apartaron levemente, dejándola ver una parte del horror que había debajo.

-¡Dios mío, Vincent, qué te ha pasado!

Vincent cubrió apresuradamente las heridas con su capa, pero era demasiado tarde: Catherine había comprendido el precio de su libertad. No había palabras que expresaran su culpa y su propio dolor: “Gracias” no era suficiente.

Peter interrumpió gentilmente, tomando una de las manos de Catherine en la suya para tomarle el pulso. Vincent se apartó un poco.

Fue entonces que Catherine lo sintió. No era dolor, sino más bien un calor… que amenazaba volverse cada vez más intenso hasta consumirla. Contuvo justo a tiempo el gemido.

“Vincent no debe saber esto”, decidió: cualquier cosa que significara, no era buena. Por suerte, Vincent había contado por mucho tiempo con el lazo empático entre ellos -sobradamente efectivo- para leer en ella, y aún no estaba preparado para registrar sus sentimientos por otra vía, mucho menos si los signos eran sutiles.

-Necesitas asearte y curarte –dijo finalmente; cuando abrió los ojos, vio a Padre asentir solemnemente.

-No quiero dejarte sola –suplicó Vincent, mirándole a los ojos.

-Es necesario.

Aún dudó un poco, pero sabía que era cierto: el alivio de verla despierta lo había hecho consciente de la gradual debilidad de su cuerpo. Además, Padre estaba preocupado, y si tenía la posibilidad de prestarle auxilio a su hijo, volvería a cuidar a Catherine con la mente mucho más clara; si lo obedecía lo suficiente, estaría al lado de Catherine en unos minutos. No había punto en esperar.

-¿Qué tengo que hacer? –preguntó a Padre, sumiso.

-Lo primero es limpiar las heridas –Padre hablaba apresuradamente, como si temiera un cambio de opinión.

-Vamos a la enfermería –recomendó Mary.

Obediente ahora, Vincent se levantó y salió apresuradamente de la cámara, sin mirar atrás; Padre y Mary lo siguieron. Peter los miró con ansiedad, como si quisiera seguirlo.

-Puedes ir –aseguró Catherine.

Peter sacudió la cabeza.

-Él solo me permitirá atenderlo si eso no te sustrae atención. Además, tú me necesitas más.

Catherine de pronto pareció hundirse en la cama; su piel se había vuelto blanca como la cera y estaba perlada de sudor frío. Peter volvió a tomarle el pulso y comprobó que había aumentado de pronto. Cuando concluyó el examen, tomó asiento a su lado.

-¿Me equivoco? –preguntó, pero no requería respuesta.

La enferma volvió el rostro hacia el otro lado, para no ver sus ojos sabios.

-¿Cómo lo notaste?

-Soy doctor, y estaba justo a tu lado.

Catherine vaciló antes de preguntar:

-¿Qué es?

-Catherine, te estaban inyectando una droga –ella se horrorizó: escucharlo era diferente de sentirlo, lo hacía real; sin embargo, asintió-. Esto aún puede ser una reacción.

Ignoró la punzada de incertidumbre en el fondo de su mente: si se preocupaba demasiado, era por cuánto significaba Catherine para él. No le fue tan fácil ignorar el modo en que Catherine jadeaba, o cómo se frotaba a menudo el costado derecho, como si doliera.

Cuando regresaron los demás, Catherine, en su debilidad, se había dormido.

-Aún necesita descanso –recordó Peter.

Vincent se sentó al lado de su cama, el ceño fruncido.

Mary llegó, aun secando sus manos.

-Vincent, ahora es necesario atenderte a ti –señaló con voz severa de madre-. Si te desmayas…

-No está fuera de peligro –era en parte una pregunta.

Padre vaciló, renuente a preocuparlo. Aún podía tomar la verdad por su lado más dulce.

-Está mucho mejor que un par de horas atrás.

-¿Cómo puedo dejarla sola así? –reflexionó Vincent.

La pregunta flotó en el aire hasta que, con un suspiro de resignación, Padre ofreció:

-Podría curarte aquí.

Vincent asintió, aliviado, y se tendió en un sofá al lado de la cama. Padre tomó sus instrumentos y, con la ayuda de Mary, comenzó a trabajar en su hijo. Peter los miró con ansiedad, pero permaneció en su puesto, al lado de Catherine.

La aguja desgarraba la piel delgada, quemada por la fricción; las heridas parecían más grandes que la piel restante, y la mayor parte del tiempo Padre no sabía qué retazos encajaban. En comparación las heridas de bala eran casi inofensivas, aunque sangraban demasiado para su tamaño. Gotas de sudor cosquilleaban en la piel de Padre: nunca había visto algo así; nadie más que Vincent podría mantenerse vivo con tamañas heridas. Que su fuerza de voluntad lo hubiera sostenido en pie era un milagro.

“Y este silencio…”. Le asustaba: no era natural. Vincent sentía dolor (los analgésicos no funcionaban en su cuerpo), pero ni siquiera gemía, como si no estuviera allí; permanecía con el rostro vuelto hacia Catherine, velando en profundo silencio su sueño.

Esperaba. O escuchaba. Padre podía reconocer la expresión en su rostro, de silencio, de hacer espacio en su interior. El haber estado separado de ella tanto tiempo, sabiéndola en peligro e incapaz de evitarlo, lo había vuelto aprensivo; ahora mismo tenía más miedo de lo que la lógica permitía: ella se recuperaría, pronto despertaría un poco mejor que la vez anterior, no había razones objetivas para dudarlo.

De pronto, Vincent se levantó, las agujas de sutura aun colgando de su piel. Casi sin darse cuenta, apartó a Padre, que pugnaba por tenderlo de nuevo, y se acercó a Catherine.

Había sentido una leve contracción, como la que precede al despertar; como si la mujer se estuviera estirando. Solo cuando él se colocó junto a la cama los demás le prestaron atención, y la habitación pareció temblar, tensa como una cuerda de guitarra.

Catherine se movió con pereza y abrió los ojos. Vincent cayó de rodillas a su lado, dando gracias con toda su alma mientras la llamaba con su voz. Sin embargo, apenas la miró de cerca, se llenó de espanto: Catherine tenía los ojos vacíos de comprensión, de memoria.

Dentro de Vincent había un silencio caótico.

Padre lo vio derrumbarse y voló hacia él. La camisa del enfermo estaba de nuevo roja y húmeda.

Padre volvió a limpiar las heridas de su hijo, lo que costó casi tanto como coserlas. No era de extrañar que el herido no hubiese recuperado la razón. “Si vuelve a ponerse en pie, lo amarraré” susurró Padre mientras trabajaba, aunque sabía cuán inútil sería atarlo. Mary colocó una mano en su hombro, deteniendo el trabajo febril del patriarca, y lo escuchó suspirar mientras cubría la mano femenina con la suya.

Peter, entretanto, se ocupó de Catherine; cuando volvió a mirar al herido, había un profundo ceño en su frente y un nudo en su garganta: ella debería estar mejorando, y sin embargo…

-Jacob, ¿por qué no le pasaron sondas?

-Este no es un ambiente estéril, Peter; se infectaría. Apenas me atrevo a inyectarla.

-Deberíamos llevarla a un hospital.

Dejando por un momento su labor, Padre se volvió hacia su amigo.

-¿Por qué insistes tanto?

-Le inyectaron drogas, Jacob; ni siquiera sabemos si fue solo morfina. En cualquier caso, no las está expulsando. Temo que esté cayendo en insuficiencia renal.

Un silencio sepulcral se derramó sobre la habitación.

-Peter, no había signos de nada más –dijo Padre, más por romper el silencio que por informarle-: estaba en coma, con pupilas puntiformes, hipotermia y depresión respiratoria y cardiovascular. Incluso convulsionó.

-Jacob, en esta utopía que has construido apenas has tenido la desgracia de lidiar con drogas; yo sí, y sé que sus efectos se parecen más de lo que me gustaría, sobre todo cuando se mezclan.

-No parecía que quisieran matarla –dudó Mary.

-No creo que les importara tanto.

Silencio. De nuevo. Una sensación de impotencia que no les habían enseñado a enfrentar.

-Líquido –dijo Padre-. Probemos.

-Si no funcionan sus riñones, la matará –señaló Peter.

-No tenemos máquinas que limpien su sangre.

-Arriba…

-¡No!-una mano asió el antebrazo de Peter, motivando que se volviera hacia la cama; todos siguieron su mirada.

Catherine estaba pálida, con los ojos muy abiertos, pero con valor en su expresión. Los doctores se abalanzaron sobre ella para examinarla. Cuando Peter auscultó sus pulmones, se estremeció: estaban llenos de líquido; la hizo incorporarse sobre almohadones.

-Quien me raptó… es poderoso –Catherine jadeó levemente, pero ignoró las recomendaciones de los médicos y continuó-. Moreno lo estaba ayudando…  Joe… El libro negro… lo tiene Elliot…

Finalmente pareció inconsciente de nuevo. Una vez concluido el somero examen, los presentes cruzaron una mirada.

-¡Vincent!-jadeó Mary, por fin.

El aludido tenía los ojos abiertos. Miraba a Catherine con los labios tan apretados que lucían aún más blancos que su piel. A pesar de eso, cuando habló, se dirigió a ellos:

-Por favor, no me oculten cómo está –dijo seriamente; le costaba hablar, su voz era ronca por el esfuerzo.

-¿Cuánto escuchaste? –suspiró Padre.

-La voz de Catherine me despertó.

Los doctores cruzaron miradas.

-No quiero una “verdad soportable” –indicó Vincent.

Aún entonces, vacilaron.

-No sabemos aún qué decir –precisó Peter-. Creo que debemos llevarla a un hospital.

-Ha dejado claro que no es eso lo que quiere –señaló Vincent.

Los doctores cruzaron una mirada.

-Diagnosticar no es el problema: tratar es más difícil. Hay técnicas… máquinas… que existen Arriba, pero no aquí.

-Debemos pensar en algo más –intervino Mary.

-Hay que tratarla con diuréticos, de inicio –recomendó Padre.

El rostro de Catherine se contrajo ligeramente y el cuerpo de Vincent saltó en respuesta, atrayendo las miradas inquietas de los doctores.

-Vincent, tienes que salir de aquí.

-¡No!

-Tu ánimo está en desequilibrio: sube y baja enormemente con la más insignificante expresión de Catherine –señaló Padre, inflexible.

-Estará aún más ansioso si no sabe cómo está –susurró Peter.

-Probaremos –Mary caminó al lado de Padre.

La voz de Catherine fue un susurro

-Vincent, debes obedecerlos.

-¿Por qué?

 Catherine pugnó por acercarse a su oído, de modo que Vincent bajó la cabeza; los doctores se voltearon.

-Necesito una promesa tuya.

Vincent inclinó la cabeza hacia un lado, escuchando.

-Te pondrás bien.

-¿A qué viene eso, Catherine?

-Pase lo que pase… Vincent… tu vida… es preciosa… para mí… para todos…

La implicación era obvia: “aún si muero…”.

-Júralo –pidió ella.

-No puedo –dijo él; había convicción en su voz.

-Júralo –insistió Catherine.

-No puedo ser fuerte por los dos.

-Júralo -jadeó.

Tres veces. Ella no tenía fuerzas para una cuarta. Un escalofrío sacudió a Vincent.

-Lo juro.

Ella cerró los ojos con un gemido y Vincent se levantó. No permitió que lo siguieran. En todo caso, Padre salió de la habitación unos minutos después: su hijo tampoco debía quedar sin atención.

Mary se sentó al lado de la enferma, velando su sueño. Peter permaneció de pie a su lado. Ninguno tomó la palabra.

 

Tomó horas que Catherine despertara de nuevo.

-¿Qué sucede, Catherine? –preguntó Peter.

Ella lo miró como si no comprendiera.

-Sabes algo que nosotros no –aclaró-. ¿Qué es?

Mary, a su lado, asintió; ella también lo había reconocido.

-Catherine –ayudó este, tomando una mano delgada entre las suyas-, al principio creía que solo estabas drogada, pero es algo más, ¿verdad?

Catherine recorrió a los dos con la mirada y volvió a cerrar los ojos.

-Tal vez te sea más fácil hablar con Mary; basta con que uno de nosotros lo sepa. Estaré fuera de la cámara. Piénsalo.

Con un estrecharle la mano, Peter se levantó y siguió su propia recomendación. Mary se quedó, su mirada atenta a la enferma en todo momento.

Catherine se mordió los labios con fuerza. No era así como lo había soñado, ni de lejos. Había querido que Vincent lo supiera primero, y si le contaba ahora, lo destrozaría; pero si los doctores tenían que trabajar a ciegas, tal vez no habría un después. No era tiempo de respetar la intimidad: ahora había alguien más en quién pensar.

Volvió la cabeza hacia la pared.

-Mary, ¿recuerdas, hace tres meses, cuando Vincent pareció perder la lucha contra el monstruo en su interior?

-Quisiera haberlo olvidado –suspiró Mary.

-¿Recuerdas cómo se enterró a sí mismo en lo más profundo de los túneles?

-Y tú fuiste a buscarlo, y lo trajiste de vuelta, como cuando lo drogaron –Mary sonrió-. Padre me ha contado.

-Padre no lo sabe todo. Creo que ni siquiera Vincent recuerda…

Catherine suspiró. No le costaba hallar las palabras, pero sí pronunciarlas.

-Vincent murió, esa noche –Mary, espantada, cubrió su boca con sus manos-, y yo solo conozco una cosa que puede vencer a la muerte: el amor.

-¿Estás diciendo…?

-Estoy embarazada, Mary.

Tras un momento de shock, Mary se derrumbó sobre el asiento.

-Vincent no lo sabe…

-Se culparía de mi estado. No quiero que se torture a sí mismo de esa forma. Además, si muero…

-¡Catherine…!

-Estoy sintiendo la muerte dentro, Mary; no trates de ocultarla de mí –Mary calló-. Si muero, no quiero que Vincent sufra doblemente.

Lanzó un suspiro rasgado, doloroso, antes de mirarla. La anciana estaba pálida y apretaba sus manos una contra la otra con ansiedad.

-Por favor, díselo a los otros; no creo que tenga valor para repetirlo.

 

Padre se apoyó contra la pared, una mano en la cabeza. Peter lo sostuvo. La noticia no lo había afectado tanto a él: conocía a Catherine, algo así era de sospechar.

-¿Está segura?

-Eso parece.

-¿Y dices que Vincent…?

-No recuerda nada.

-Esta preñez complica las cosas.

-No, no las complica –habló Padre por primera vez-. Este embarazo pone a Catherine en serio peligro; solo hay una opción médicamente admisible –estaba pálido-: un aborto.

Mary emitió una especie de grito. Padre se apartó de Peter y caminó por la habitación, profundamente incómodo.

-Padre, Catherine debe tener… como once semanas –calculó Mary-. La criatura ya está completa… viva: su corazón late, su cerebro funciona, ya se está moviendo…

-Si aborta, Catherine estará a salvo… y Vincent también… Eso es todo lo que importa ahora.

-Pregúntale al feto –ladró Mary.

Peter pidió silencio, alarmado, y se acercó a la entrada de la cámara. Si Vincent escuchaba los gritos… El herido les había permitido deliberar solos, sabiendo que se trataba de la vida de Catherine, porque esa era la voluntad de ella -y no se sentiría bien con esto-; no había que poner a prueba el débil equilibrio entre su preocupación y su obediencia.

-Si la madre muere, de todos modos la criatura no podrá nacer -reflexionó Padre-. Mejor una vida que ninguna.

-Hay riesgos –intervino Peter, aun espiando a Vincent-. Aún en un hospital, en las mejores condiciones… y, como mencionaste, este ambiente no es estéril.

-He operado aquí, y puedo volver a hacerlo si no hay más remedio.

-No estoy de acuerdo –insistió Mary; Peter nunca la había visto tan tensa-. Cuando una mujer da a luz, arriesga su vida por un premio mayor; lo que estás sugiriendo es justamente lo opuesto.

-Mary, ¿cuán probable es que los dos se salven? Madre e hijo… -preguntó Padre, paciente.

-No importa –terció Peter-: la decisión no es nuestra.

 

-No –respondió Catherine; había casi fiereza en su expresión.

Meses atrás, habría dudado. Cuando la enfermera le había dicho que estaba encinta, Catherine había dudado en si quería este niño. Sin pensar claramente en opciones. Durante cuatro horas, había conducido a través de la ciudad; su camino, como siempre, la había llevado a su balcón –a los recuerdos de ambos.

-Catherine, lo más razonable…

-No me importa qué es lo más razonable, Padre; es mi hijo –al decirlo, llevó una mano a su vientre; a Padre no le pasó desapercibido el gesto protector.

-Podrás tener otros… Incluso con la misma persona…

Luego, había dudado en cómo contarle a Vincent. Él no recordaba; no podía asumir tal responsabilidad, cuando lo que lo hacía ser él se había perdido, con sus memorias. Esta criatura venía en el peor de los momentos.

-Vincent no te culpará –admitió Peter.

-¿Es por el modo en que fue concebido?

-No, Padre.

Solo amarrada en la silla, rodeada de enemigos, con veneno corriendo por su propia sangre, Catherine había pensado en su hijo. Y se había aferrado a él. Eran uno, ella y él. Solos contra un mundo de miedo. Era gracioso pensar que ella –Catherine Chandler, con todo su dinero y poder- podría depender alguna vez de algo tan pequeño; pero ese niño… ese niño era su deseo de vivir.

-Tampoco se trata de que sea hijo de Vincent… –sonrió Catherine- aunque eso es importante para mí… Se trata de que soy su madre.

-No va a haber tiempo de que nazca.

-Júralo –desafió la mujer.

Padre la miró, compasivo.

-No puedo estar seguro cien por ciento, pero es lo más probable.

Buscó apoyo en Peter, y este asintió sombríamente; aún Mary bajó la cabeza. A Catherine se le llenaron los ojos de lágrimas.

-Entonces, vivirá dentro de mí, tanto tiempo como yo viva.

Padre la miró con tristeza.

-Estás condenando a muerte a los tres. Vincent no te sobrevivirá.

-Vincent me dio esta fuerza. Es más maduro que yo. Al principio, tal vez lo haga por mantener su promesa; pero seguirá adelante.

-Lo sabrá, tarde o temprano; esto lo destruirá.

O peor… Catherine sentía que la bestia estaba sellada de una vez por todas, pero ¿y si se equivocaba? Miró a los tres ángeles de la vida que ahora, tan amablemente, le prestaban consejo y apoyo. Cuando Vincent supiera que había perdido a su preciosa Catherine y, además, al hijo que nunca se había atrevido a esperar, se hundiría en el más profundo de los infiernos; si, culpándose de todo en el paroxismo del dolor, se desequilibraba, la bestia los mataría sin dudarlo.

-Mejor que lo sepa de mis labios… o de mi mano… mientras tenga fuerzas y conciencia para escribir. Mary, por favor, préstame papel y pluma.

Mary trajo el encargo, además de un libro para que apoyara al escribir. Mientras lo hacía se mantuvieron en silencio.

Catherine, su decisión tomada, sentía una gran paz en su interior. El trazo no vaciló, no hubo una palabra errada: las frases salían directamente de su corazón, las plasmaba sobre el papel casi sin pensarlas. Sin embargo, cuando sintió más cerca la despedida final, no pudo contener las lágrimas, y varias cayeron sobre el papel –rúbrica extra, por todas las que nunca pondría.

Extendió la carta doblada hacia Padre y se dio la vuelta en la cama. Había sido fuerte, y continuaría siéndolo, aunque no hubiera esperanza; no quería que la vieran llorar.

 

-Quiero verla –rugió Vincent.

Padre lo miró con cansada sabiduría. Era la desesperación, la frustrante impotencia, lo que violentaba al hijo.

Cuando se tranquilizara, se disculparía; cuando todo estuviera bien…

¿Estaría bien, alguna vez?

-¿Qué sucede? –la expresión de Padre lo habría impresionado.

¿Había algún sentido en mantenerlo aquí, separado de Catherine? Si realmente les quedaba tan poco tiempo para estar juntos… Catherine se había deteriorado visiblemente desde la última vez que se habían visto, pero el notarlo prepararía a su hijo para la desgracia por venir.

-¿Soportarás la tensión, Vincent?

Este asintió rígidamente, casi sin creer que, esta vez, había tenido éxito.

-Entonces, permíteme anunciarte.

Vincent inclinó la cabeza hacia un lado, curioso, pero le dio paso, y cuando Padre entró en la cámara, esperó fuera.

Catherine permanecía alzada sobre almohadones, lo que le permitía respirar. Estaba aún más pálida que antes. Sin embargo, tenía una expresión de paz increíble. Parecía una muñeca de porcelana.

-Vincent quiere verte.

La muñeca abrió los ojos y volvió a ser mujer. Había profundas ojeras en torno a sus ojos, la tortura arrugaba su frente. No quería que Vincent sufriera, y al mismo tiempo deseaba verlo más que nada en el mundo; no sabía si sería capaz de ocultar su debilidad, o si quería hacerlo al hombre en quien más confiaba.

-Hazlo pasar –resolvió.

Padre llamó a Vincent y este entró a la habitación. Cuando su sombra se proyectó contra la entrada, lució magnífico como un ángel salvador.

Reconocieron el instante exacto en que él la vio porque un débil gemido de desesperación pesó sobre ellos. Vincent la contempló, incrédulo, y luego se precipitó sobre ella y la estrechó fuertemente entre sus brazos.

-Estoy aquí –lo consoló ella, acariciando su melena como la de un niño.

Fue con la expresión de un niño con la que se apartó él para verla. Ni siquiera intentaba frenar las lágrimas.

Catherine sintió una debilidad súbita. Las palabras que tanto tiempo atrás él había repetido le vinieron a la mente.

-Aunque los amantes mueran, el amor no debe hacerlo…

-… y la muerte no tendrá dominio –completó él, con voz más firme que su propio espíritu.

Vincent sintió en sus brazos cómo la conciencia se deslizaba de Catherine, cómo la cabeza caía sobre su brazo. ¿La estaba perdiendo?

En un fluido movimiento, se levantó con ella en brazos y partió.

Padre lo miró estupefacto.

-Que Peter nos encuentre en casa del Dr. Wong –susurró Vincent al pasar por su lado.

Con la mente en blanco, pero con la rapidez e inteligencia de un depredador, Vincent se movió a lo largo de los túneles. Cuando sintió a Narcisa a su lado le dio la bienvenida solo con la mirada.

-Sabías que vendría, ¿eh, chico? –sonrió ella.

No hablaron más.

En los túneles sus pasos hacían eco. Narcisa lo seguía con la ligereza de una niña; en este momento sus espíritus tal vez la sostenían. Vincent necesitaría a cada uno de ellos.

Fue un corto tramo por el barrio chino hasta el hogar del doctor Wong, pero fue una suerte que fuera de noche, pues Vincent habría avanzado por las calles a plena luz del día si fuera necesario. A través de la cortina Vincent lo encontró preparando unas hierbas.

Se presentó en la cámara ajena sin anunciarse. El doctor lo contempló, estupefacto, y se sobresaltó al ver a Narcisa, con su aspecto peculiar y sus ojos ciegos sonrientes. Sin embargo, cuando su mirada descansó en Catherine, hubo en él una mezcla de sentimientos: compasión, rencor y gratitud. Catherine había ayudado a su nieta Lin a escapar del compromiso acordado por él, y así había comprometido su honor, pero ahora Lin era feliz con el esposo elegido por esta, y con él le había dado al doctor dos hermosos nietos. El doctor solo vaciló un momento, y luego con un gesto los invitó a pasar a su consulta.

Vincent recostó a Catherine en la camilla con delicadeza, y mientras lo hacía Peter llamó desde fuera. Cuando los tres salvadores de diferentes artes se encontraron no había desprecio en los ojos de ninguno: el amor por Catherine había diluido cualquier prejuicio.

Una vez más, le pidieron a Vincent que se alejara mientras debatían. Él pasó sus ojos de Catherine a los doctores con ansiedad, pero no protestó: el tiempo era precioso.

Esperó fuera, paseando como una fiera enjaulada, incontables horas, que en su mente se volvían incalculables eternidades. Peter salió para pedirle que volviera Abajo antes de la salida del sol. Ni una noticia. Vincent sintió una protesta resbalar por sus labios, pero ya Peter, con gesto cansado, había desaparecido de nuevo dentro de la habitación.

Vincent dudó un momento. No se sentía capaz de alejarse de Catherine. Si no lo hacía ¿estaría entorpeciendo su curación?

Moviéndose como contra resistencia, caminó las calles solitarias en la hora más oscura, anterior al alba, para desparecer en los túneles. Allí, jadeando con la mano en el corazón, donde dolía, se derramó contra la pared hasta el suelo; no podía alejarse ni un metro más de ella.

Los segundos se arrastraron lentamente, el tiempo se descompuso y el sol parecía retroceder en vez de avanzar. Dentro de Vincent se reproducían fragmentos de toda su vida: Catherine riendo, Catherine podando rosas, Catherine abrazada a él con desesperación, con alegría; Catherine peleando por él, enojada contra él, escuchando su lectura.

No supo cuándo se durmió; pero no hubo diferencia en sus sueños, pues ahí estaba Catherine también.

Catherine avanzaba dentro de esta madriguera oscura, desde la luz, guiada hacia él por sus rugidos. Lo buscaba, en sus ojos un miedo solo comparable a su valor. Él se levantó y se abalanzó sobre esa luz sin pensar, deseando apagarla junto con su propia esperanza, a la que odiaba por sus imágenes de felicidad imposible.

Su nombre humano, en la voz de Catherine, lo sacudió. La conciencia de lo que había estado a punto de hacer se apoderó de él, apagando sus rugidos y haciendo volver los juicios que había desechado. La contempló en silencio; vio la expresión de la mujer cambiar a prudencia, y luego a devota preocupación, y no por ella.

Súbitamente, todo desapareció. No supo que caía, ni sintió a Catherine lanzarse sobre él, tratando desesperadamente de sentir su pulso, de escuchar sus latidos. No sintió sus llamadas.

El roce de sus labios… Vincent escuchó claramente el primer latido de su renovado corazón, pujante por la vida que Catherine estaba inyectando en él con aquel beso lleno de terrible pasión, de violenta pérdida. Las manos de la mujer asían su cuello como si tratara de agarrar su vida.

Vincent despertó a esa emoción, y el deseo de aplacarla fue aún más fuerte que su debilidad: sus manos rozaron a Catherine; aún debajo de tantas capas de tela pudo sentir en ella el profundo estremecimiento de alivio. Enseguida el lazo empático que entonces los unía le habló de sentimientos que cambiaban sutilmente, como el fluir de olas de fuego, como una rosa que se abre.

Sin pensar, guiado por puro instinto -o por pura devoción-, la sostuvo con firmeza contra sí, tanto con su fuerza como con la dulzura de sus caricias. Sus manos, por propia voluntad, como si lo hubieran hecho cientos de veces antes, buscaron bajo las telas la piel de la mujer; al sentirla bajo sus dedos, suave y trémula, hubo dentro de sí algo desconocido.

Esta vez fue ella quien desfalleció, ella quien perdió la conciencia, y Vincent sintió su gozosa rendición en la debilidad de sus besos. Era una ofrenda y, a la vez, una acción de gracias. Un momento de infinita dulzura. Vincent vio a través de ella, como a través de un bruñido cristal, sus propios sentimientos.

La pasión de Vincent, cuidadosamente aislada durante años en una campana indestructible, explotó su precioso contenedor. Catherine con júbilo liberó la suya. Súbitamente, la cámara antes fría y oscura era puro fuego.

El dulce mezclarse de sus labios se volvió hambriento. Con ansiedad cada uno buscó el calor, el olor, el sabor del otro. Las respiraciones, vibrantes, rasgadas, se hicieron eco. Los corazones latían tan rápido que lo hacían a un mismo ritmo. Los rugidos del uno y los gemidos de la otra se ahogaron sobre la piel ajena.

De pronto Vincent estrechaba la espalda de Catherine, acariciando, torpe de deseo, su vientre, sus costados, sus pechos, y escuchando entrecortados jadeos mientras besaba su nuca y sentía el cosquilleo en la piel de ella como si fuera en la propia. Entonces fueron uno. En el lazo que los unía sonaba a todo volumen una música más hermosa que cuantas habían escuchado juntos. ¿Quién temblaba: él, ella, los dos...? No importó, pues Vincent podía sentir en ella los ramalazos de placer que él mismo provocaba, se gozaba en ello, y ahogó en una mordida su feroz rugido de triunfo cuando entraron juntos en el paraíso.

Por un momento alrededor de Vincent hubo una luz cegadora, y entonces nada: en contraste con la explosión de los sentidos que había conocido poco antes, solo silencio. Se derrumbaron, unidos, sobre la arena.

Vincent, aletargado, se alzó sobre su brazo para contemplar a su mujer, para leer en su rostro sus sentimientos, que, tal vez ahogados por las emociones anteriores, no se dejaban ya reconocer dentro de él. La halló jadeando, los ojos cerrados en una expresión de éxtasis; las partes de su piel que eran visibles a través de su vestuario deshecho estaban enrojecidas y húmedas, y un débil hilillo de sangre en su hombro, donde él la había mordido en su locura. Sus ojos se detuvieron allí con lo más parecido al remordimiento que podía improvisar en este momento de narcótica felicidad. Lamió suavemente el surco rojo hasta su fuente violácea. Catherine hizo por volverse, una breve sonrisa en sus labios, como si no sintiera el dolor, sino solo la caricia. Vincent se sintió sonreír.

Mientras la contemplaba, dentro de sí solo una quieta devoción, la vio abrir los ojos y leyó fascinación en ella. Imaginó cómo se verían ahora sus propios ojos: dos esferas de un azul chispeante suspendidas en medio de la oscuridad, dominadoras, agradecidas, concentrando todo un mundo de entrega.

Catherine, con las ropas arrugadas, se veía tan diferente de su elegancia inmaculada de antes como puede ser la sombra de la luz: lucía poderosa bajo un aspecto travieso, como una gata salvaje. Vincent admiró en ella esta nueva belleza, hasta que la vio encogerse, inhibida por su contemplación, pero aún sonriente.

 Un ruido tras la entrada lo hizo saltar, y sintió renacer sus instintos de bestia. No sabía quién estaba allí. Sin darse cuenta estrechó a Catherine contra su pecho, en un gesto protector: aún la bestia la reconocía ahora como su hembra, su compañera, y no permitiría que le hicieran daño. Cuando se levantó, la alzó con él y la colocó a su espalda.

Catherine se debatía, y cuando quedaron inmóviles se acercó para susurrar en su oído; no reconoció las palabras, pero sí el tono, y sus músculos se relajaron un tanto, aunque permaneció alerta. Vincent sintió roce contra su piel: Catherine se movía a su alrededor, deslizando telas sobre su pelaje con movimientos acariciantes; una parte de él se sintió halagada y complacida por la admiración que reconocía en sus movimientos.

Sin embargo, cuando ella se alejó, la atrajo hacia sí: no quería que se apartara de su lado. Ella vaciló, observándolo, sus sentimientos mezclados en sus ojos: deseo y ternura, devoción, respeto y confianza. Cuando lo abrazó, su cuerpo reconoció el contacto y se relajó al instante.

Una enorme fatiga se hizo presente en él. Catherine lo hizo tenderse y se abrazó a su pecho, apoyando la cabeza sobre su corazón. Vincent la rodeó con un brazo y la atrajo hacia sí. Del cabello de Catherine emanaba un delicioso aroma, mezcla de su perfume y de esa esencia de mujer, tan genérica y única a la vez, que Vincent había descubierto esta noche. La realidad se deslizó rápidamente de su conciencia.

Hubo un contacto en su hombro, y Vincent estuvo enseguida alerta y rugiendo desde el otro lado de la cámara. Peter levantó las manos en un gesto cansado. Los recuerdos, aplastantes, regresaron.

-¿Cómo está?-preguntó con ansiedad.

-El doctor Wong espera, prudente, pero Narcisa se muestra optimista.

-¿Y tú?

Peter le lanzó una mirada evasiva y demoró en responder.

-Subiré –declaró Vincent.

No hizo caso a sus tartamudeos; solo vaciló al ver la luz del sol, que despertó en él viejos temores. Peter se colocó entre él y la salida y por fin pareció poner en orden sus ideas.

-Cuando Catherine despierte te va a necesitar a su lado, no en algún circo.

Vincent se estremeció.

-Si Catherine despierta… Necesito estar a su lado ahora.

Una sombra se perfiló contra la entrada, más allá de la figura de Peter. Vincent, por instinto, se apartó y se ocultó en las sombras. Los ojos ciegos de Narcisa lo siguieron en sus movimientos con una plácida sonrisa.

-Estará bien, chico. Los espíritus se han esmerado mucho en premiar tu fe. Ese niño va a nacer, y tú tendrás la hermosa familia que mereces.

-¿Niño?-preguntó Vincent, confundido.

-¡Narcisa! ¿Por qué…? –Peter se interrumpió y lanzó a Vincent una mirada inquieta.

Hubo un tenso silencio entre ellos. Entonces, Vincent se adelantó hacia la hechicera.

-Narcisa, ¿a qué te refieres? –preguntó, frenando con supremo esfuerzo su impaciencia.

Narcisa lo miró sonriendo enigmáticamente.

Vincent se sentía mareado, como si de repente lo hubiesen despertado de un sueño. ¿O estaba aún soñando? Se apoyó en la pared para paliar su debilidad, y pestañeó largamente antes de volver a mirarla.

¿Qué significaba esto? Un niño… ¿Qué tenía esto que ver con Catherine?

Peter se adelantó con expresión casi avergonzada. De su chaqueta extrajo un papel, y algún rayo de sol arrancó brillo a su blancura inmaculada.

-Es de Catherine –explicó-, para ti.

Le extendió el papel y Vincent lo tomó, ausente.

-Vincent… esto te explicará algunas cosas, pero… ¿Puedo pedirte que esperes, para leerlo…?

Vincent sacudió la cabeza. No podía esperar. Sus manos temblaban de deseos de rasgar el sobre y devorar el mensaje; solo la conciencia de que estas eran tal vez las últimas palabras de Catherine, y su lectura, el último momento de intimidad entre ellos, lo prevenía de abrir y leer el mensaje allí mismo.

-Faltan minutos para el anochecer, chico, y entonces podrás ir Arriba, con tu Catherine –sugirió la voz cascada de la bruja.

Tenía razón: la luz del sol había empalidecido mientras esperaban. No era este el momento de alejarse de Catherine, siquiera en espíritu. Tal vez el leer ahora su mensaje no fuese una opción.

Sin embargo, el sol tardó en ponerse, y antes de que lo hubiese hecho por completo, el trío viajaba furtivo en las sombras del ocaso.

Hallaron al doctor Wong esperándolos frente a la consulta. Sus ojos prudentes encontraban los de Vincent con comprensión. Sin hablar, le permitió el paso.

Catherine permanecía dormida. Vincent, ansioso, la recorrió con la mirada, buscando cualquier signo de mejora. Aún a la luz pálida del crepúsculo se notaba un leve rubor en el rostro de la dama, y su respiración era menos trabajosa; eso era más de lo que Vincent se había atrevido a esperar, y el hombre sintió cómo por su rostro se deslizaba su angustia, licuada en lágrimas de gratitud.

Alguien había retirado las ropas de la mujer y las había doblado a su lado; una casta sábana blanca cubría su desnudez. El color deslumbrante recordó a Vincent la nota que aún sostenía en su mano.

La guardó. Este momento con Catherine era cálido por sí mismo, aunque ella permaneciera inerte; luego… luego necesitaría de la carta para avivar su gélido deseo de vivir.

Se acercó a la mujer y acarició su mejilla con ternura. Le pareció sentirla más cálida. ¿Sería su imaginación, pugnando por devolverle la vida?

Sostuvo una mano inerte, y sus ojos viajaron por la piel expuesta de la mujer, devorándola con ansiedad oculta hasta a sí mismo.

Sus ojos se detuvieron en dos puntos pálidos en su hombro. Muy lentamente se inclinó sobre ellos para examinarlos, y antes de evaluar su impulso, los lamía con ternura.

“¿Qué haces?”. Vincent se estremeció con violencia, pero no se apartó. No había punto en negar lo que ya sabía con certeza, lo que estas cicatrices probaban: Catherine le había pertenecido aquella noche, tal y como le había mostrado su sueño. ¿Por qué no lo había recordado antes? Quizás su mundo estaba muy lejos de aquella cueva ruda y fría y los recuerdos no habían hallado lugar allí; lo habían hallado en la desesperación de otra pared húmeda y fría, de otros túneles cargados de espera.

Además, ya sabía por qué no podía sentirla dentro de sí: las vibrantes emociones de aquella noche habían quemado el lazo que unía sus almas.

¿Se recuperaría este alguna vez?

¿Regresaría Catherine alguna vez?

Sintió los músculos contraerse bajo sus caricias, como si ella quisiera volverse y sonreír una vez más.

Estaban a salvo.

Eufórico, la atrajo hacia sí con fuerza. El cuerpo de Catherine, inerte, se derramó de entre sus brazos. Había cierta gracia incluso en el modo en que caía.

Una leve tos, desde la puerta, lo hizo consciente de la imprudencia. Con ternura restituyó a Catherine al lecho y se volvió, avergonzado. El doctor Wong miraba discretamente en otra dirección, pero su voz fue firme cuando le informó que daba la visita por terminada.

Aplacado por la esperanza, Vincent besó la frente de su Catherine. “Regresaré pronto”, prometió en voz queda, antes de salir.

-Deja a los espíritus cuidar de ella, chico –recomendó Narcisa a su paso.

Luego, el hombre quedó en la pequeña sala, acompañado por el silencio. Al sentarse algo crujió en su traje, y él buscó en los bolsillos hasta hallarlo: la carta de Catherine, arrugada por el trato que le habían administrado, descansaba cálida e invitadora en su mano.

Vincent puso todo cuidado en abrirla, probando con esto su control recién recuperado; dejó intacto el sobre y desdobló con cuidado el mensaje.

 

Vincent, esto es lo más doloroso: ahora que tantas cosas nos unen, nos siento separados; un secreto nos separa, algo tan hermoso, Vincent… pero tan terrible… ¡Ah, quisiera tanto estar contigo ahora! Pero si estás leyendo esto, es porque yo misma no puedo contarte, porque ya no estoy contigo.

 

 Con un suspiro. Vincent levantó la mirada al cielo raso, abriendo los ojos para contener las lágrimas. ¿Cómo leer tal mensaje? “… ya no estoy contigo… ” El miedo era tan reciente…

Pero ¿cómo no leerlo? Su corazón estaba hambriento de ella.

 

Quiero tener fe, pero tengo tanto miedo… Me gustaría que me abrazaras, entregarme a ese abrazo como solía ser.

Tal vez sospechas ya lo que debo decirte. En el momento en que escribo aún no lo has recordado.

Vincent, tú y yo hemos hecho el amor. Tenemos un niño. No hay nada más dulce en el mundo: el concebirlo fue la experiencia más sagrada de mi vida, y nada hará que me arrepienta. Quiero agradecerte, por esa experiencia y por este niño.

Si estoy muerta, nuestro hijo estará conmigo. Cuidaré bien de él. Lo amo ya, aunque no lo haya visto. Dicen los médicos que el mantenerlo dentro de mí, creciendo, me costará la vida; pero no soy capaz de comprar mi vida con la suya, y él no puede vivir fuera de mí aún.

Me duele saber que nunca lo habrás conocido. No sé si ahora amarás siquiera su recuerdo. Siempre he sentido que comprendes lo que siento… que lo compartes… que vemos el mundo desde los mismos ojos… pero en esto…

¡Me despedaza este temor!

Me quieres tanto, Vincent, que temo que tu amor se vuelva destrucción cuando yo no esté. No lo permitas. Sigue creando. Sigue siendo el hombre que conocí. De ese modo, nuestro hijo y yo estaremos orgullosos de ti.

Te esperamos en el Paraíso.

Por siempre tuya:

Catherine

 

Vincent apenas pudo leer los últimos renglones, pues sus manos temblaban con violencia, las letras nadaban en sus ojos y grandes lágrimas caían sobre la página, uniéndose a las gotas secas que ya estaban allí. Su propia esperanza vacilaba ante la luminosa desesperación con la que su amada había escrito. Después de todo, ¿qué le había dado fe en su curación? Un leve tinte rosado, un poco más de calidez, la respiración más quieta… ¿Qué mostraba eso, en realidad? De pronto, lo veía todo como consumado: Catherine muerta, por su culpa, por el niño que él había creado en su interior… No era a otros a quienes quería destruir, sino a sí mismo.

Muy lentamente, hundió sus uñas en su pecho, buscando en lo profundo el dolor que sentía para arrancarlo de sí. El rugido de angustia no tuvo fuerzas para salir de su garganta; se volvió gemido. Gotas de sangre tiñeron de rojo el papel mientras Vincent resbalaba a tierra.

 

Peter salió, lleno de euforia, de la consulta del doctor. Contra toda expectativa, unas horas atrás había comenzado a notar inequívocas señales de mejoría en Catherine. No había querido hablarle a Vincent hasta estar seguro, para no darle vanas esperanzas, pero ahora ni siquiera él podía dudarlo. Era un milagro.

Buscó a Vincent en la salita, pero su enorme figura no opacaba la habitación. Vincent no se habría ido; no se podía mantener lejos de ella. Temiendo lo peor, Peter giró lentamente alrededor de la mesa de café. Primero fue la sombra -un ovillo-, entonces el aura roja. Se abalanzó sobre su segundo paciente. Los parámetros vitales estaban milagrosamente estables, pero el hombre tenía fiebre alta. Se estremecía y deliraba en ásperos susurros.

Una figura delgada y pequeña se arrodilló al lado de Peter: el doctor Wong.

-Serénese –sus manos suaves palpaban al nuevo paciente.

Peter se obligó a imitar al sabio. Con dificultad logró analizar la situación. Era de esperar que Vincent hubiera sufrido una infección días atrás, durante el rescate; tal vez el dolor provocado en él por la carta de Catherine lo había dejado débil, vulnerable a la infección, y esta tomaba control de su cuerpo.

-Me preocupa la sangre –susurró-: no es similar a ninguna que conozca, una transfusión no ayudará.

-Tonto, tonto chico –escucharon una voz cascada a su espalda.

El doctor Wong extrajo con cuidado las garras de la piel. Las heridas bajo ellas eran horribles, pero Vincent se había desmayado antes de tocar algún órgano vital -como tal vez habría hecho en su locura-; esta pérdida de sangre, agregada a la anterior, lo había debilitado hasta el límite.

El médico chino cortó partes de piel demasiado maltratadas para proteger, y unió los extremos. Sobre las suturas colocó emplastos de hierbas, y vendó. Mientras trabajaba, sus dedos experimentados buscaron puntos de energía. No pudo sentirlos. En Vincent no había deseos de vivir.

Narcisa comenzó un canto sanador.

Peter se sentía abandonado. Desmayado. Había estado a punto de perder a su protegida, y ahora su ahijado estaba en un peligro que sus características peculiares hacían imposible valorar. Sus aliados eran dos personas que quería y admiraba, pero cuyos métodos no comprendía. Se llevó las manos a la sien. Se sentía tan impotente…

Narcisa interrumpió su canto, y el silencio fue opresivo.

-Espera, chico. Tu Catherine va a despertar. Duerme hasta oír su voz, pero no te vayas.

Su voz era un encantamiento. Incluso Peter, escéptico como todo hombre de ciencias, se erizó al sentir el roce del poder que invadió la habitación y voló a la siguiente.

Vincent escuchó. Y esperó.

Sutil, como chispa que crece a fuego, se hizo la luz en Catherine. Aún no había despertado del todo cuando se levantó. Le era más fácil de lo que se atrevía a esperar. Sabía a dónde dirigirse, y sabía por qué: Vincent la necesitaba.

Solo vaciló al ver a Vincent, inmóvil sobre un charco de sangre. Su rostro tomó el color de la sábana que la cubría. Al momento siguiente, la tela blanca se empapaba de rojo bajo sus rodillas.

 Solo una palabra salió de sus labios; era una llamada, una oración, un gemido. El espíritu de Vincent respondió al instante, con una explosión de energía que vibró bajo los dedos de Wong.

Narcisa, sonriente, salió de la habitación. Los demás cruzaron miradas, pero la imitaron. Respetaban su poder, ¿por qué no respetar su sabiduría?

Vincent abrió los ojos y la miró. Solo eso. Pero Catherine empezó a temblar, y el paño que la cubría se derramó hasta el suelo. Había tanto en esos ojos que de hecho parecían estar cambiando de color por momentos, como si los sentimientos lucharan por mostrarse. Entonces, él la tomó en brazos y la hizo rotar sobre su cuerpo, estrechándola contra sí como si quisiera fundirlos. La hizo yacer en la sangre que había derramado. Dejó caer contra ella su peso. Era lo menos cuidadoso que había sido jamás; necesitaba desnudar sus sentimientos ante ella, mostrarle su desesperación, y ya no tenía fuerzas para gruñir.

Tampoco sentido.

Ella estaba aquí. Viva. Con él. Un hijo de ambos crecía en sus entrañas.

Un hijo…

Lágrimas silenciosas brotaron de los ojos de Vincent. Era demasiado. No sabía si reír o llorar.

Se hizo un ovillo hasta que su cabeza descansó sobre el vientre de la mujer. Los dedos fríos de Catherine se enredaron, temblando, en su melena. Un gemido, casi un maullido, salió del pecho de la bestia, mientras besaba a consciencia, centímetro a centímetro, el vientre de la mujer que ahora reclamaba como suya.

 

Apoyado sobre la roca, Vincent contemplaba la cascada con expresión de paz. Catherine se quedó en pie a la entrada de la cámara, contemplando, hasta que él se volvió.

-Siento haber espiado –se disculpó-: tenías una expresión tan dulce…

Vincent dejó caer la cabeza, sonriendo. Catherine sintió un escalofrío: tan hermoso… tan grácil… ¿Cómo la naturaleza, incluso en toda su maestría, podía haber creado un ser tan perfecto? Casi dolía verlo. ¿Por qué le había sido entregado a ella?

-Estaba pensando.

-¿En él?

Su mano había volado hacia su vientre, donde una diminuta desigualdad anunciaba la presencia de su hijo. Los ojos de él no habían dejado los de ella; lo hicieron ahora, en un saludo hacia su hijo. Brevemente.

-En realidad, en ti.

Catherine sonrió.

-Me lo has dado todo, Catherine. Y ahora, me das también una familia…

La mujer avanzó y, con un suspiro, se sentó a su lado. Vincent siguió los gráciles movimientos del cuerpo aún flexible; por un momento el hambre se desnudó en su mirada, pero Catherine no lo vio.

-En mi mundo, Vincent, hay mucho miedo, y también defensas; hay mucha hambre, y también comida; es extraño cómo nunca parecen coincidir unas cosas con otras… Yo tenía casi todo lo bueno de mi mundo-sacudió la cabeza- ¿Sabes qué no hay allí?

Vincent inclinó la cabeza hacia un lado, curioso. El verlo así hizo volar mariposas por todo el cuerpo de ella, dentro y fuera. Dios, ¿alguna vez se disolvería este efecto?

Hiere verte, Vincent. Me duele no estar dentro de ti, fusionada contigo, una sola persona; es físicamente imposible, así que va a doler para siempre. No me importa. Es un dolor dulce como una mariposa de fuego.

El torrente cantó con voz tan joven como si no fuera vieja como el tiempo,  como si su poder no fuera inmenso. La laguna recibía, pero más acá, las ondas se volvían espejo. Catherine se miró allí.

Respiró hondo.

-Lo que falta en mi mundo, es sueños. Y tú me has dado eso.

 

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Nota del autor: Si les gustó esta historia, o incluso si no, me encantaría que me escribieran. Mi e-mail es claudialopez-at-puv-dot-sld-dot-cu ¡Gracias!