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Conveniencia

Rosaura Wells

Catherine miró con ojo crítico cómo combinaba el vestido. Esos largos pendientes… ¿no se enredarían con el velo?

Se apoyó sobre la cómoda, bajó la cabeza y respiró profundamente.

“Nervios de novia”, susurró Nancy a Jenny, y la miraron con respeto más o menos fingido. Suponían que al día siguiente estaría feliz. “No saben nada”.

No debería ser así, nada encajaba con lo que había soñado alguna vez… cuando este matrimonio parecía imposible… Ahora mismo, no sabía qué era peor: si vivirlo de este modo o no hacerlo en absoluto.

“Lo estás obligando”

 

Siete meses antes…

Los golpes de la puerta la hicieron saltar. ¿Se habría dormido? Alarmada y recelosa, apretó con más fuerza la llave inglesa mientras separaba la espalda de la pared para ponerse en pie.

Era un sobre, paradójicamente blanco como una bandera de paz… como un vestido de novia…

Dio un grito y echó a correr en dirección contraria.

Los brazos de Vincent la recibieron. Estaba tan alterada que por un momento lo rechazó, pero él la apretó contra su pecho hasta que la sintió relajarse en sus brazos. El llanto histérico no tardó en llegar. Vincent la arrulló con suavidad mientras amainaba.

-Esto no puede seguir así, Catherine-dijo al fin-. Ese hombre está acabando con tu valor, te está matando por dentro…

-“El novio”… -señaló Catherine, medio ausente; Vincent la apartó para mirar en sus ojos- Es el apodo que le ha puesto la prensa –explicó ella.

Vincent la había sentido casi fuera de control minutos antes; el verla pensar con lógica hizo bajar unos milímetros su nivel de tensión.

-Como sea. Catherine…

-¡Vincent, ¿qué haces aquí?! –Catherine lo empujó, no tan suavemente- ¡Te dije que volvieras Abajo! Tienes que dormir…

Vincent se volvió hacia el balcón y apoyó las manos en la barandilla, tal vez tratando de ocultar la delgadez de su rostro y el agotamiento de su expresión, visibles aún a la escasa luz de la luna.

-¿Cómo podría? -preguntó él con dulzura- Mientras estés en riesgo, tengo que estar cerca… sobre todo ahora que no puedo sentir tu temor. Puedo dormir aquí… –señaló una manta extendida en las sombras, sobre el suelo.

-No lo estás haciendo.

-Tú tampoco duermes –se volvió para escrutar el rostro a su lado, y preguntó-. ¿Qué fue esta vez?

-Otra carta de amor –un relámpago de pánico cruzó por sus ojos.

La sostuvo por los hombros y se inclinó sobre ella.

-Catherine, estás en grave peligro; no sigas con esto –suplicó, una vez más-, ven conmigo: Abajo no podrá alcanzarte.

-Fuiste tú quien me enseñó a afrontar mis miedos, a buscar valor –Catherine se apartó-. No me escondí cuando nos vigilaban…

-Eso casi te cuesta la vida…

-… y no me esconderé –concluyó con firmeza.

-¿Por lo que yo piense de ti si lo haces? –Vincent la interpeló, siguiéndola con la mirada; su voz era lenta, paciente, como si la invitara a la verdad-. No se trata de valor, sino de prudencia –suspiró-. Odio verte así: asustada, indefensa…

-No más que la chica que va a atacar después de mí; posiblemente yo tenga más oportunidades de ganar…

-No desde el punto de mira… Y si va tras otra, será porque perdiste… porque te perdí…

Respiró hondo, buscando más valor que aire mientras miraba abajo, a la ciudad.

-Lo van a atrapar –Catherine trató de enfocarse en la fe que sentía; no la halló.

-No lo han hecho en diez años… Diez años de matanzas, Catherine…

-Te tengo a ti…

-No soy infalible… Tras semanas de vigilancia me han vuelto débil, no sé si podré vencerlo… ¡Este suspenso me está torturando! -suspiró y bajó la cabeza- No estarías pasando por esto si estuvieras casada…

-No me casé con Elliot porque no quise –Catherine resopló-, no te culpes más por eso.

Lo miró, y tras un momento ahuecó la mano en su barbilla. Tardó en encontrar sus ojos.

-No es a él a quien mi corazón pertenece.

Un gemido escapó del pecho del hombre. Eso no significaría nada… nada… si la perdiera… Vincent tomó su muñeca y la apartó suavemente mientras sacudía la cabeza.

-Este asesino solo ataca a mujeres solteras; si no lo estuvieras… -hubo entonces un curioso brillo en su mirada-. Catherine, cásate conmigo.

Tras un incrédulo silencio, dentro de Catherine pareció aletear una felicidad dorada. No sabía cómo ordenar todos los sueños que de pronto estaban a punto de cumplirse: Vincent, a su lado, jurarle amor eterno frente al mundo que lo amaba, compartir su lecho y todas las delicias de su cuerpo, aprender a darle placer, compartir con él el desayuno… tal vez incluso tener a sus hijos… En un instante se vio anciana, abrazándolo al borde de la cascada, profundamente feliz… Tendrían todo el tiempo del mundo para probar cuánto se amaban.

-¡Sí, Vincent! –se lanzó contra él- ¡Oh, Dios, creí que nunca llegaría este día! –se echó hacia atrás, tanto como permitían sus brazos, para mirarlo a través de las lágrimas- Te amo, Vincent… Nada… nada cambiará eso…

Vincent tenía el rostro levemente inclinado hacia un lado, pero en su rostro había una sonrisa levemente curiosa, como si compartiera su alegría pero no la comprendiera. Tampoco había respondido con firmeza a su abrazo.

El instinto de Catherine sonó alguna alarma.

 -Vincent, ¿no te hace feliz el que nos casemos?

Él se volvió hacia el balcón, súbitamente tenso. Catherine buscó con la mirada su rostro oculto, casi temiendo comprender.

-Catherine, sabes que mi mundo en sombras no es lo que quiero para ti… No lo necesitas y no es digno de ti…

Algo encajó en su sitio.

-Sugieres un matrimonio de conveniencia –su voz sonaba como si hubiera un cuchillo jugando entre sus dedos.

-Nada cambiará entre nosotros.

De pronto toda la felicidad se convirtió en rabia fría.

-Mi sueño es entregarme a ti por completo. No aceptaré tu nombre como protección, Vincent. Un matrimonio falso es una huida aún más patética. Con Joe, o incluso con Elliot, esto no importaría, pero contigo… -hubo un suspiro rasgado…

Él no respondió.

 

Sus damas revolotearon a su alrededor, estirando su vestido y enderezando la corona que sostenía el velo. Catherine lo jaló con fuerza.

-¡Cuidado! -gritó Jenny.

Algunas fibras del tul se habían destejido. Jenny las palpó como a una herida abierta, sus ojos llenos de horror.

-¡Es un clásico! Uno así perteneció a la película La Bella…

-Y esta joya…

-… y La Bestia de 1947 –continuó Jenny, sin inmutarse; esta vez, su voz sonaba exasperada-. La joya es un símbolo.

Catherine miró con desprecio las filas de perlas que colgaban de hombro a hombro, sostenidas por flores enormes y brillantes.

-Recuérdame por qué llevo esto.

-Porque te estás casando en Halloween, y tu capricho fue que tu novio fuera disfrazado de bestia. ¿De qué se suponía que te vistiéramos, de bruja?

En Samhain, la noche en que la barrera entre mundos reduce su espesor y los espíritus del inframundo pasean por la tierra, todo es posible…

-Hay otras películas –susurró Catherine entre dientes.

-La primera versión cinematográfica… tiene más clase.

-Al menos la idea –agregó Mary. Probablemente la había visto en el estreno.

Catherine se mordió el labio.

-Eres la novia más hermosa del mundo –Jamie parecía saltar.

Catherine sonrió con ironía. “Miel que envenena”.

-Es cierto –asintió Jenny-. Y tu boda será maravillosa.

Nancy hizo una mueca.

-No como la solíamos imaginar, pero…

-Lo tradicional ya lo tuviste tú, Nancy –Jenny arregló las alas transparentes que salían de su vestido-. Catherine siempre ha sido original.

-Halloween… mala suerte…

El corazón de Catherine saltó. “¿Será…?”

-La noche es agradable, serena, perfecta para los amantes –señaló Mary, tranquila-. Sobre todo si hay luna llena.

-Es cierto, es muy romántica –gorjeó Jamie; Catherine casi esperaba verla dando palmaditas.

-Además, el novio es estupendo –suspiró Jenny.

Catherine le lanzó una mirada de sorpresa.

-Hace unas horas se acercó para preguntarme cómo estabas. Lo tienes loco, Cathy –se rió-; no pudo esperar para ponerse el disfraz.

 

Lo halló hecho un ovillo sobre la manta del balcón, con los ojos abiertos.

-¡Vincent!

La bandeja que llevaba hizo un sonido agudo contra el suelo; Catherine la dejó atrás. Cuando se dejó caer sobre él, unos brazos fuertes la rodearon y la estrecharon hasta casi hacerle daño, pero no hubo más respuesta. Los ojos azules seguían fijos en otro mundo entre dos ladrillos.

-¿Qué te sucede? –preguntó alarmada.

Él abrió la boca, pero de ella no salió ningún sonido. Otro tipo de pánico reptó sobre Catherine, las frías pieles en contacto.

-¿Es sobre lo que hablamos?

Sin respuesta.

-Vincent, ¿un matrimonio real te asusta tanto?

Trató de sacudir los sólidos hombros de su compañero, pero no pudo moverlo; sus músculos estaban tensos como roca.

-¿Es que me traslade a tu mundo lo que te asusta…? ¿Es la intimidad física…? –esta idea le provocó una punzada de dolor a medida que ella misma la asimilaba- ¿Te parece tan horrible hacerme el amor?

De pronto se halló recostada de espaldas sobre la manta; Vincent la sostenía por los hombros contra el suelo, fija en ella la mirada. Un escalofrío acarició su espalda. Este sería solo un pliegue desdoblado en la cubierta de sus sentimientos, pero nunca había visto tanto deseo en los ojos de un hombre.

Pasó como un flash: la fiereza en su expresión se transformó en culpa, Vincent se dejó caer sentado y rodeó sus rodillas con sus brazos. Catherine flotó hacia él como atraída magnéticamente. No parecía haber en sus pulmones suficiente aire para hablar. Apoyó la mejilla en el hombro de Vincent

-¿Por qué…? –dijo finalmente, y se apartó para verlo.

Su expresión era de dolor… y luego de miedo… De sus ojos abiertos se deslizaron dos lágrimas silenciosas. Catherine pocas veces había visto tanto pavor en él; y solo cuando enfrentaba el peor de sus temores:

-Estás pensando en mi muerte, ¿verdad? En que alguien me pueda hacer daño.

Vincent parecía congelado, insensible a todo menos a la imagen horrible en su mente.

-¿A qué temes: a vivir conmigo, o a mi muerte? ¿Lo uno o lo otro, Vincent? –sin respuesta- Seguiré intentando llegar a ti… pero no me lo estás poniendo fácil…

Él hizo un torpe intento por aclarar la voz, y Catherine se inclinó con ansiedad.

-No… difieren…

-No entiendo.

Él respiró hondo otra vez y de pronto empezó a sacudirse con violencia. Se arrastró hacia el balcón y se apretó contra él, como para controlarse. Catherine caminó de rodillas, trató de secar sus lágrimas, pero no dejaban de brotar. Él no la miraba: sus ojos ahora estaban cerrados, e incluso intentaba alejarse de su contacto.

Entonces, ella comprendió.

-Crees que si me haces el amor algo malo me va a suceder –no, era más que eso-. Crees que a la mañana encontrarás entre tus brazos un cadáver.

Vincent no hizo movimiento para negarlo; ¿no la escuchaba, o ella estaba en lo cierto? El descubrimiento la aturdió. “¿Y si lo estuviera?”

Su amado pensaba que su amor la mataría.

Catherine se sentó a su lado, la espalda contra el balcón. No tenía cómo refutarlo: Vincent en relación con ella tendía a preocuparse, pero nunca era irracional. ¿Habría algo sólido que justificara su temor? ¿Estaba torturándolo al proponer una relación que de veras era imposible… físicamente? En realidad, poco importaba si este temor tenía base: para Vincent, lo tenía.

-Te amo, Vincent. No importa qué decidamos, eso no va a cambiar.

 

Catherine secó una lágrima de la comisura de su ojo. “Faltaría que se corra el maquillaje”.

Unos brazos maternales la estrecharon.

-No son nervios, Mary –sollozó Catherine, en voz baja para que las demás no escucharan-; al menos, no en el sentido usual…

-Lo sé. Por eso las frases que conozco no aliviarán tu corazón.

-No puedo hacer esto. Hay algo terriblemente mal aquí. Él no está feliz…

-Es su mayor deseo, Catherine: unir su vida contigo.

-Se siente culpable de verlo realizado. Lo estoy obligando a pelear consigo mismo… de nuevo…

Dos manos delicadas tomaron una de las suyas, y Mary retrocedió para mirar en sus ojos.

-Es tu decisión. Creo que no le va a hacer daño si cambias de idea ahora: se va a sentir igual de dividido, entre el alivio, la tristeza y el orgullo desafiado.

-Creo que Vincent no tiene orgullo… -Catherine sonrió- es demasiado hombre para eso…

Mary sonrió con ternura.

-¿Vendrá a mí esta noche? –preguntó Catherine, desviando la mirada- Tiene tanto miedo de herirme…

-Dices que lo ha prometido, y Vincent no habla sin pensar.

-Parece tan lejano…

-Lo has puesto a elegir entre dos posibles muertes para ti: una a manos de un torturador, y otra a sus manos… en sus brazos…

-Me quiere demasiado, Mary… Demasiado… Nadie debería querer así.

 

-¿Por qué tiene miedo, Padre?

El patriarca se atragantó ante la pregunta; con cuidado dejó sobre la mesa la taza de té y la miró por encima de las gafas. Esta había sido planeada como una visita social... ni Catherine estaba al tanto de cuál era su real motivación… y la pregunta había salido sin preámbulo, pero sin control…

Catherine apretó su taza con nerviosismo.

-Tú lo has visto, conoces las razones: tiene garras y dientes, y un cuerpo enorme y terriblemente fuerte. La pasión lo hace perder el control como la rabia; Lisa tiene cicatrices que lo prueban, y a ella solo “la estaba abrazando”.

-¿Eso es todo? ¿No hay nada más peligroso… nada que deba saber…?

Padre la examinó.

-¿Quieres decir… bajo todas esas prendas de ropa?

Catherine volvió la cabeza. La pregunta que acababa de hacer no era de aquellas que correspondiera a un padre responder, pero… no quería obligar a Vincent a revelar otro detalle más íntimo que hiciera realmente imposible una unión física con ella… unión que aún consideraba prohibida… y si no hubiera tal detalle… Su futuro dependía de eso.

¿Por qué de pronto había decidido luchar por Vincent, por su amor? Luego de dos años… ¿Por qué ahora, cuando tenía problemas serios? ¡Si hasta estaba amenazada de muerte…! ¿O era ese el motivo: buscar algo más en qué pensar, para no estar todo el tiempo esperando su muerte? Tal vez la proposición de Vincent había abierto alguna puerta en su interior que no sabía que existiera, como una caja de Pandora, dejando salir esperanzas que no debían haber nacido.

-No sé si debería conversar de esto contigo, Catherine –sancionó Padre pacientemente.

La mujer se levantó. Intentó que sus movimientos no fueran apresurados, pero le temblaba la mano. Masculló una disculpa, una despedida. Mientras dejaba la taza sobre la mesa una mano arrugada estrechó la de ella.

-Siéntate, por favor.

Se estremeció y quedó inmóvil, y luego, lentamente, obedeció.

-Creo que los detalles que he mencionado son potentes impedimentos para su unión. No conozco ningún otro -Catherine emitió un profundo suspiro de alivio-, pero creo que no valoras suficiente lo que ya conoces.

-Vincent tiene más control sobre sí mismo que cualquier hombre que yo haya conocido…

-… y mucha menos experiencia sobre el aspecto erótico del amor. ¿Esperas que domine algo que no conoce?

-Confío en él. Y no estará solo.

-Poca es tu fuerza en comparación con la suya.

-Poco es mi amor en comparación con el suyo. No me hará daño, lo sé… y estoy dispuesta a correr el riesgo.

-Sí, pero ¿qué riesgo?

Su mirada voló hacia Padre, ahora de pie a su lado.

-Si mueres a sus manos, Catherine, no habrá nada sobre la Tierra capaz de impedir que te siga… si no se quita la vida, será porque no tiene suficiente razón, porque ha enloquecido para escapar de la culpa… Todos estaremos en riesgo entonces. ¿Eso es lo que quieres?

A pesar de su acusación, solo había piedad en los ojos del anciano.

-Sabes que no, Padre.

 

La agitación de la salida. Las limusinas esperaban. Jenny ya estaba dentro; Mary y Nancy entraron después que ella. Catherine las siguió lentamente el entusiasmo de las demás la dejaba sola, por contraste con la felicidad que debía sentir.

-¡Los votos, Cathy! –Jenny suspiró cuando los encontró entre sus ropas- Repite…

Catherine solo la miró, hasta que Jenny desvió los ojos.

Menos mal que no llevaba la pistola.

 

-¿Por qué haces esto, Catherine? Sabes que tu futuro está Arriba.

Catherine tuvo que mirar en vertical: Vincent, en su rabia, se había acercado a ella más allá de los límites; pero ella no pensaba echarse atrás, en ningún sentido.

-Arriba hay un asesino esperándome.

-Por eso tenías que venir… pero no definitivamente…  Pedir permiso al Consejo para mudarte… Catherine, este lugar es una tumba.

-Puede ser un maravilloso hogar para quienes no tienen otra opción, y va a ser mi hogar, Vincent, contigo o sin ti.

-Tú tienes opción…

-No me casaré contigo por miedo. Lo haría por amor… y eso nos sobra… Si tan solo te permitieras…

En un segundo, Vincent estaba del otro lado de la habitación, el rostro vuelto hacia las sombras.

-Hablé sin pensar.

-No… -escuchó su voz rebotar contra las paredes, lejana pero omnipresente- Comprendo. Tienes tantos sueños…

-Tú también los tienes. Sé que estás dividido –Catherine exhaló su rabia hacia el cielo raso-. ¡Odio ser la causa de esto!

Él salió de la habitación en silencio.

 

Los secos golpes de un bastón anunciaron que Padre se acercaba. En anciano lanzó un corto pero sonriente saludo a las damas antes de tomar el brazo de Catherine.

-No estás disfrazado, padre –señaló Catherine.

-Sí, lo estoy: de neoyorkino.

Aunque había alguna amargura en la afirmación, mientras las neófitas se miraban con consternación, Padre sonreía.

-El novio espera –recordó Mary.

 

Dio unos pasos vacilantes hacia la cascada, pero sin perder el contacto con la roca. Se sentía apoyada por ella. No sabía qué esperar. Vincent había desaparecido por semanas, con solo una breve nota de despedida y ninguna explicación.  Y ahora, la había citado allí.

Una enorme sombra surgió de la oscuridad, una que Catherine reconocería donde fuera. Vincent liberó su melena de la capa que la cubría. Tenía mejor aspecto que la última vez que lo había visto: había aumentado de peso, especialmente en masa muscular -se veía aún por encima de las telas que lo cubrían. Parecía descansado. Su expresión era serena. Catherine estaba fascinada, y no se tomó la molestia de ocultarlo.

Se detuvieron uno frente a otro. La expresión de Vincent era enigmática.

-Catherine…

La palabra quedó suspendida sobre ellos, en toda la fascinación que la voz de Vincent aportaba.

-He decidido entregarme a ti con confianza y alegría… si aún lo deseas…

En un movimiento fluido, se arrodilló ante ella.

-Catherine, ¿te casarías conmigo?

Catherine jadeó. Todo había sido tan de pronto, que le costaba comprender por qué Vincent sostenía su mano en la derecha, y entre los dedos de la izquierda había algo brillante, pero ridículamente pequeño en comparación: un anillo.

Parecía estar hecho de delgados hilos de oro entrelazados como sus destinos. Una piedra blanca lo adornaba, de la misma naturaleza que la que Catherine siempre llevaba al cuello.

 -¿De veras? –se atrevió a preguntar.

Él asintió lentamente.

Catherine quiso lanzarse a sus brazos. En lugar de hacerlo colocó su mano sobre la de él; una de las dos estaba temblando, pero Catherine no habría podido decir cuál. Vincent deslizó el anillo por su dedo con gracia, en un movimiento que era casi una caricia, y se levantó para abrazarla.

No la besó.

 

Ambos conocían las razones: por qué sí, por qué no. No había nada nuevo que plantear, ¿para qué torturarse con dudas? Desde la noche en que se habían comprometido de verdad, él había hecho lo posible por mostrar solo gozo y esperanza. Sin embargo, nunca la había besado: un beso sellaría la decisión. Era libre para cambiar de idea hasta el último momento.

 

-¿Habías soñado con esto alguna vez, Vincent?

Los ojos azules se volvieron hacia Catherine, causando un delicioso temblor en su espalda.

-¿Con casarme, dices?

Ella asintió, sin palabras.

-Primero era muy pequeño para tener tales sueños, y luego comprendí que eran imposibles- volvió el rostro hacia el lago, donde se reflejaban los diamantes desperdigados por el cielo-. Ha sido más difícil mantener mi imaginación bajo control desde que te conocí.

¿Qué significaba esa frase, exactamente? Buscó los ojos de su prometido y tuvo la curiosa impresión de que la evitaban.

-¿Y tú, Catherine? ¿Cómo soñabas tu boda?

-Nancy y yo solíamos bromear sobre ello: una capillita, el sacerdote regordete sonriendo mientras pronunciaba las bendiciones, las manos de los novios brillando a la luz de colores que el sol arrancaba de los vitrales, nuestras familias y amigos en los bancos… Íbamos a ser dama de honor una de la otra… Nancy tuvo todo eso, y yo fui una de sus damas…

Estaba tan dentro de su sueño que tardó en comprender la crueldad que cometía. Se horrorizó. Vincent seguía mirando al horizonte, y su expresión estaba oculta en las sombras. Catherine no sabía cómo corregir lo que había hecho; disculparse no serviría de nada.

-Nancy tuvo todo esto, pero ya casi ni se acuerda. Solo queda el álbum…

Otro error.

-De todos modos, nunca lo abre…

-Catherine –la interrumpió la voz de su prometido-, ¿sabes que no podemos tener todo eso?

Típico de él, ser tan sincero.

-Lo sé –suspiró Catherine-, pero la boda es un día, y el novio, toda una vida. Prefiero tener cualquier ceremonia contigo, que tener la boda de ensueño con cualquier otro.

Había hablado su corazón.

-Aún así, quiero que estén tus amigas: Nancy, Jenny, Joe, las personas que amas.

Catherine jadeó. Desde el principio de su relación había quedado claro que Vincent y su mundo eran un secreto.

-Vincent, te pondría en peligro.

-No si lo hacemos bien.

-No vale la pena…

-Sí, la vale.

Tomó sus manos entre las de él.

-Tengo que cumplirte, al menos, ese sueño.

 

La marcha nupcial comenzó a tocar y los invitados -duendes y ninfas, hadas y uno que otro dios pagano- se volvieron hacia la puerta. Catherine escuchó a Padre decir: “¡Tantos…!” con el recelo que siempre parecía guiarlo en lo que de su hijo se trataba.

Catherine dio un paso vacilante dentro del templo.

Una figura de negro al lado del párroco se volvió, haciendo ondear suavemente su capa, y unos ojos azules se clavaron en ella. Vestía con la elegancia de un príncipe, con un traje negro que aún se elevaba tras su cabeza –como un oscuro sol naciente- y una enorme cadena dorada en torno al cuello. Su sonrisa vaciló en admiración a medida que la vio acercarse, los ojos fijos en él.

Padre entregó su mano. Vincent la guio algunos pasos hasta el altar, aunque sus ojos no se despegaban de su prometida.

La voz del párroco vibró con fuerza e hizo eco en la capilla. Había en su discurso ideas elementales, poderosas: Dios, amor, familia, eternidad… Cuando preguntó por sus intenciones, el “sí” del novio aleteó como mariposas dentro de su prometida.

-Catherine, Dios sabe que aquí hoy se cumple el más precioso de mis sueños –la voz de Vincent pareció llenar el templo-: hoy juro frente a quienes nos quieren que te amaré por toda la vida… hoy acepto, agradecido, el amor que sientes por mí… Tu fe me ha dado valor para enfrentar mis temores. Aún si muriera esta noche, llevaría conmigo este sueño realizado –había una nota de melancolía en su voz-. Ser uno contigo, y solo contigo, es todo lo que deseo.

Cuando el eco de las palabras se apagó, una ráfaga de viento enfrío las mejillas húmedas de Catherine. ¿Desde cuándo lloraba? Su conciencia de sí misma se había evaporado por unos segundos, haciendo espacio a las palabras de su prometido.

 Intentó hablar, pero su felicidad atrapó las palabras en un sollozo. Respiró profundamente. La presión de las manos de Vincent le dio a conocer su simpatía; sus manos temblaban como si le costara mucho frenar el impulso de secar sus lágrimas. ¿Siempre sería así de fácil amarlo?

Los votos preparados se evaporaron de su mente; dejó que hablara su corazón.

-Vincent, es tan hermoso amarte… estar aquí… -secó sus lágrimas torpemente- Nuestra felicidad no hace más que empezar, solo estamos abriendo las puertas a nuestra vida juntos… -respiró hondo y su voz se aclaró un poco- Hay tantos sueños por cumplir: hacerte el amor… –parte del público murmuró, sonriente o escandalizado- dormir cada noche escuchando tu voz… despertar todas las mañanas abrazada a ti… llevar en mi vientre un hijo tuyo…

Vincent gimió muy suavemente y cerró los ojos. Un hijo… Dar vida era para Vincent el sueño más dulce, el que más le había costado rehuir y el que menos se atrevía a contemplar, pues bien podría ser imposible.

-He soñado, Vincent, con nuestra familia. Te he visto con nuestros hijos, que tanto han esperado por nacer; te he visto abrazarlos, jugar con ellos, he escuchado lo que les leías. Sé de su admiración por ti. No todo será fácil, pero estaremos juntos y nuestro amor es de diamante –llevó su mano al colgante que Vincent le había regalado-. Dios nos guiará.

Incapaz de controlarse por más tiempo, Vincent acarició su mejilla, y Catherine se frotó contra su mano, deseosa de prolongar el contacto. En los ojos del hombre había una ansiedad que hizo a las mariposas en su estómago alzar el vuelo otra vez.

El sacerdote carraspeó. Sonreía con discreción cuando el libro fue colocado frente a ellos. Vincent ni siquiera lo miró. Su voz brotó firme y dulce de su pecho; las palabras rituales cobraron nuevo significado por él.

-“Yo, Vincent, me entrego a ti, Catherine, y te recibo como esposa, para amarte y consolarte, respetarte y cuidarte, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte nos separe”.

El libro, ignorado, se cerró parcialmente en manos del sacerdote. Este vaciló en ofrecerlo a ella, medio convencido de que no era necesario.

-“Yo, Catherine, me entrego a ti, Vincent, y te recibo como esposo, para amarte y consolarte, respetarte y cuidarte, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte nos separe”.

Aquellas palabras eran música: vibraban como olas en su conciencia antes de ser pronunciadas; se volvían suyas.

El padre bendijo las alianzas. Sin mirar, casi con prisa, Vincent deslizó en el dedo de Catherine el anillo que representaba su posesión; ella casi no atinaba a colocarle el suyo: su mano era tan grande, y las de ella temblaban tanto…

Un par de monedas representaban todos sus bienes terrenales. Vincent las colocó en sus manos mientras la entrega vibraba en sus labios. Su gesto era hipnotizante. Se sintió casi humilde al entregar las suyas: el dinero de su padre, sus propiedades, ¿qué era eso, ante lo que le era entregado?

El sacerdote regresó a su puesto. Catherine lo siguió con la mirada y luego se volvió hacia a Vincent. ¿Ya había acabado? ¿Se pertenecían por completo, por fin? ¿Los sueños se cumplían en segundos? Difícil de creer… y sin embargo, a Catherine le pareció sentir un cambio, como cintas blancas alrededor de los dos que nadie más podía ver.

Vincent escuchaba, y Catherine lo imitó. Había pequeños tesoros en aquella ceremonia, símbolos esperando a ser hallados. Algo tan poderoso como el tiempo… o más… De pronto, se le ocurrió que Dios hablaba en un lenguaje más bien sencillo.

 

“Hermosa… como la luz dividida… Tantas facetas…”

Le costaba mantener sus pensamientos en el presente, incluso con los gritos de Padre… tal vez por ellos… Eso no le había sucedido desde su adolescencia. Esta vez el mundo al que huía estaba lleno de la luz que Catherine le había presentado: su amada de blanco… un arcoíris brillando a través de su velo...

-Siempre dije que esta relación te traería desgracia –entonó Padre con voz fúnebre, olvidando las muchas veces que Catherine les había salvado la vida.

Al menos hubo algo positivo en esta frase: dio paso al silencio; Padre había notado que sus palabras no alcanzaban a su hijo.

Vincent lo miró a los ojos:

-Está decidido. Puede que no sea en una capillita a la luz del sol, pero será Arriba, con sus amigos.

-Es un riesgo innecesario: no estarás oculto en sombras, sino iluminado por todas partes, observado por enemigos, susceptible… Ella lo sabe, y no te está pidiendo tamaño sacrificio. Es tuya la locura.

-Podría bien ser el último día de su vida. Lo pasará como ha soñado… o todo lo cerca que sea posible. Me gustaría de veras tener tu aprobación en este asunto –sonaba triste, resignado-, pero en último término solo necesito la mía… y la de ella, que es quien tiene más fe…

-Ella es demasiado imprudente…

-Eso me temo –suspiró Vincent y se volvió, la capa ondeando a su espalda al salir de la cámara.

 

La fiesta era brillante. Tantos amigos se habían reunido, que ella apenas dejaba de sonreír. Estaba Harry, a quien no había visto desde la universidad, Sara con los niños, Rose –su más querida maestra, Jerry y su inseparable Jessica. Formaban una fila para felicitarlos.

Y sin embargo, Catherine hallaba difícil el concentrarse. Vincent estaba a su lado, sin tocarla. Eso la llenaba de temor. Ahora que ella estaba a salvo –por un matrimonio, qué lamentable cliché-, la segunda parte del trato dependía solo de la palabra empeñada; y el honor de Vincent, cuando el bienestar de ella iba en su contra… no era tan seguro como en otras circunstancias habría sido.

-¡Cuánto tiempo!

Catherine se volvió con una sonrisa educada, aunque esta voz chirriaba en su memoria. La reconoció al instante, como habría reconocido el horrible suéter que su padre la forzaba a llevar. Glenda. Las palabras eran para ella, pero la ex-compañera de clase no miraba sino a Vincent… en sus ojos, un brillo similar al inspirado por el capitán del equipo de football de la escuela. “¿Quién la invitó?” Desde el otro lado de la sala, Jenny levantó la copa en burla. “Para mantener las cosas interesantes”, parecía decir.

-¡Un brindis! –anunció Peter desde el otro lado de la sala.

Todos levantaron sus copas hacia él.

-Por el destino, por sus intentos de unir a esos dos.

Hubo chocar de cristales y risas y murmullos.

-No sabía que creías en el destino –murmuró Padre, tras él.

Señalándolos con la cabeza, Peter explicó.

-Cuando niños, yo mismo nunca pensé en presentarlos. Cuántas veces tuviste en tus manos un periódico con fotos de ella; ¿imaginaste este día entonces?

-¡Es hora del baile, muchachos!

Era Devin, caminando hacia la pista mientras daba palmadas para obtener atención.

Con seriedad, Vincent se volvió.

-Si me excusan, señores… tengo una novia que guiar al baile.

La garra halló la mano. “Estás a salvo. Ahora estás a salvo” había dicho él, una vez; la primera vez. Lo había entonces… Lo estaba ahora… Una floritura, y Catherine se halló en sus brazos. Entonces lo sintió: la mano en su espalda, el gesto natural y posesivo -tan diferente del porte impersonal al que Vincent se solía obligar-; ardía ese contacto como en el límite de lo prohibido.

-Jane Austen –susurró él.

Catherine elevó la mirada, un poco curiosa.

-Estoy recordando la primera de sus obras –la última que fue publicada, si no me equivoco-: “La abadía de Northanger” ¿La has leído?

Catherine sonrió.

-El matrimonio como un baile –recordó-. El hombre elige, la mujer espera…

-No ha sido exacto en este caso.

-Está fuera de moda –rió Catherine-, pero el resto no. Nunca lamentar la elección.

Las miradas se clavaron en ellos con aprobación.

-¿Lamentarás tu elección, alguna vez? –susurró Vincent.

Cuando el vals comenzó, solo existían ellos. Nadaban en el aire. Vincent la sentía frágil, flexible, en sus brazos, y con un orgullo primitivo la guiaba por la pista, casi haciéndola volar. Un mechón de cabello, rebelde, escapó del peinado de Catherine para acariciar el cuello de Vincent, casi fuera de su alcance, y él inclinó la cabeza al contacto, poco acostumbrado a permitirse este placer… y tantos otros… pero dispuesto a aceptarlo…

 

Despedida de soltera. Catherine miró el apartamento vacío, en el que no había estado durante semanas, con creciente temor. Aquí, estaba expuesta –a pesar del valiente despliegue de defensas a su alrededor: del guardaespaldas en la puerta, de Jamie escondiendo el arco en la otra habitación. Solo había vuelto acá por esta ridícula costumbre. “Como si no supiera lo que me espera”. La simple idea de tener a Vincent –o no- al día siguiente, la hacía sentir como si hubiera comido lombrices vivas. Pero Jenny y Nancy estaban por llegar –y ella, preparada para cualquier cosa- cuando escuchó roce de uñas sobre cristal.

El abrazo ya familiar la recibió.

Tardó en percibir la tensión. Se echó hacia atrás para lanzar una mirada interrogante a su flamante prometido. El rostro de este parecía grabado en piedra. No sonreía. Por primera vez desde que se habían prometido.

¿A qué le recordaba esta expresión?

-Catherine, ya no es tiempo de jugar. Necesito hacerte una pregunta –respiró hondo, y por un segundo solo se miró en sus ojos-. ¿Insistes en compartir mi lecho?

Catherine sintió el torbellino de furor, emanando de ella.

-Ese fue el trato.

-¿Comprendes a cabalidad los riesgos?

-No sé… ¿Los comprendes tú? –lo retó, ciega a su aspereza.

Vincent bajó la cabeza por un momento. Su expresión torturada la impulsó a abrazarlo; la rabia la frenó.

-Necesito que me hagas una promesa.

Catherine inclinó la cabeza hacia un lado, copiando el gesto que tantas veces había visto en él: “Te escucho”.

De entre los pliegues de la capa del hombre salió algo brillante: la pistola que tanto tiempo antes le había dado a Padre para defender su mundo. Catherine miró del objeto al hombre que lo ofrecía, sin comprender.

-Esto es muy importante, Catherine –sosteniéndola por la barbilla, le hizo desviar la vista de la pistola a sus ojos enrojecidos-. Mañana, si pierdo el control…

-Eso es natural…

-Escúchame, por favor –suplicó Vincent, con los ojos más aún que con los labios-. Si amenazo con hacerte daño…

-No me harás daño, Vincent…

Solo su mirada silenciosa; suficiente para hacerla callar. “Escúchame”.

-Si te sientes en peligro en cualquier momento –el metal enfrió la piel de Catherine-, necesito que te defiendas…

Catherine ya había comenzado a sacudir la cabeza, con los ojos muy abiertos de terror, como la mano que rechazaba el arma.

-Lo que te pido es piedad –insistió él, su voz ahora solemne-. Si mueres a mis manos, ya no habrá vida para mí.

Los sollozos comenzaron a estremecerla; Vincent también parecía haber agotado su autocontrol: Catherine vio cómo resbalaban lágrimas por sus mejillas. Ella aún sacudía la cabeza en negación cuando Vincent la atrajo hacia su pecho.

-Me pides mucho… -sollozó Catherine.

Lo escuchó respirar profundo.

-Que arriesgues la vida de la persona que amas; es lo mismo que tú me has pedido.

Era lo más cercano a un sermón que había oído de él.

Se hundió más profundamente en el pecho de su prometido. Escuchó en su interior una pregunta: “¿Aún crees que vale la pena?”; no supo responder.

 

Catherine, desde la cama, se volvió temblando hacia la puerta de la cámara. Había sentido los pasos de su esposo, y su corazón se había saltado un par de latidos antes de lanzarse al galope.

Llevaba toda la noche en tensión. Cuando Mary, la última de sus damas, se había retirado, le había quedado a Catherine un vacío en su cámara, y la incertidumbre de si esta se hallaría más llena hacia medianoche. Los segundos se habían alargado hasta lo imposible durante la espera. Y ahora…

Sintió los pasos de Vincent cada vez más lentos. Catherine escuchaba su corazón de mujer apresurándolo, pero no le dio voz a ese sentimiento, que él ya no podía sentir dentro de sí. Ni siquiera cuando los pasos se detuvieron a poquísima distancia de la entrada, Catherine lo llamó. Ya había exigido con demasiada fuerza; él también debía decidir.

¿Qué hacer si él decidía marcharse?

Respiró hondo y cerró los ojos. Sus dedos se deslizaron sobre la seda blanca de su atavío, demasiado casto tal vez, pero adecuado para su esposo, quien temía y deseaba con fuerza similar lo que habría de suceder esta noche. Ella debía respetar su voluntad… por mucho que le doliera… y encontrar otro modo de atraerlo. No miedo. No la vida de uno de los dos…

Cuando escuchó sus pasos otra vez, el corazón de Catherine saltó a su garganta. La silueta ciclópea de su hombre se perfiló contra la oscuridad menos tupida de los túneles, y de pronto Vincent estaba ante ella.

“Magnífico” fue la primera descripción que le vino a la mente. El hombre vestía un elegante pijama, tejido punto por punto con infinito cuidado en hilo blanco; combinaba con su pelaje con tal naturalidad que parecía parte de él, y el color acentuaba su serenidad, su madurez.

Se detuvo frente a ella. No tocó el lecho nupcial, no violó límites –esos que ya no debían existir.

Segundos antes Catherine habría creído que no tendría fuerzas para encontrar su mirada; ahora, sus ojos se encontraron como si no pudiera esperar. Allí encontró calidez. Comprensión. Incluso con el Lazo entre ellos perdido, a veces las palabras no eran necesarias.

Se sentó a su lado y la abrazó.

-Perdóname-susurró en su oído-: he enturbiado con dudas el momento más hermoso de nuestras vidas…

-Tienes razones poderosas para dudar…

En respuesta, él hundió más el rostro en su cuello y suspiró, haciéndola estremecerse con súbita anticipación.

-Vincent –susurró, vacilante-, yo también debo pedir perdón.

Él se apartó para mirarla con intensidad, la cabeza inclinada en gesto de escucha.

-Si somos amantes o no –continuó ella; la voz le temblaba-, no es una decisión que me pertenezca por completo –por mucho que quiera-. Comprendo cuanto has hecho, cuanto has arriesgado; tienes el alma más grande que jamás haya visto. Te devuelvo tu palabra.

Por un momento, el miedo brilló en los ojos azules.

-No la quiero de vuelta.

La pequeña frase la hizo temblar.

Él miró a un lado, y se volvió de nuevo hacia ella; la boca se abrió y se cerró con un suspiro.

-Di… -invitó ella, los labios pálidos de tensión.

-¿Cuán cerca está…?

La mano derecha se le cerró en un puño. Catherine entendía -demasiado bien. Evitando sus ojos, apuntó hacia la mesa de noche, donde el cañón brillaba.

Él lo miró fugazmente, entre alivio y temor.

-Aún te debo pedir algo –susurró.

-Lo que sea.

-Ambos estamos cansados. Por el momento… solo… déjame abrazarte.

Se miraron aún un momento, y luego él se tendió a su lado y ella se refugió en sus brazos. Dulce. Familiar. Su calidez, su perfume… para ella significaba “hogar”.

Él frotó la mejilla en la de su esposa, y Catherine suspiró feliz. Acababa de descubrir que estaba muy cansada.

 

Estaba muy cómoda. Todo a su alrededor era cálido y olía muy bien: a fuego de invierno, a intimidad. Abrió los ojos un poco, para encontrar dos discos de cielo llenos de suave contento, y volvió a cerrarlos. Se sentía maravillosamente relajada.

Un cosquilleo de labios en su mejilla la hizo suspirar. Solo levemente se sorprendió del contacto.

-¿Has dormido bien?

La voz hizo cosquillear sus labios con magnético deseo. ¿Siempre tendría sobre ella este efecto? Era devastador. En respuesta, a tientas, hundió su mano en su melena, y lo sintió presionarla allí.

Los labios de Vincent hallaron los suyos. Los suaves roces en las comisuras pasaron sin prisa a caricias. Se sentía tan natural… ¿Realmente no habían hecho esto antes? No se sentía complicado ni incómodo, como si lo hubieran soñado tantas veces que no hubiera lugar para la duda. Cuando Vincent acarició con la lengua su labio inferior, ella lo abrió para él por instinto, y el aliento del esposo la llenó.

Vincent siguió la línea de su cuello. Con los ojos cerrados, esto parecía el más maravilloso de los sueños: sentir los labios de su amado sobre su piel sensible, en ligeros besos. Lo abrazó, y él siguió la suave curva de su brazo por la parte más sensible hasta llegar a su mano. Se regodeó allí, pasando la lengua áspera por entre sus dedos, antes de volver a sus labios.

Catherine lo atrajo contra sí. El corazón de Vincent latía furiosamente. El notarlo la hizo sonreír y, adivinando la causa, Vincent puso la cabeza sobre el pecho de su esposa. Los brazos de Catherine lo mantuvieron allí. Vincent suspiró feliz, rodeado por el olor más dulce, escuchando el corazón que era suyo mientras acariciaba ausente el costado de su mujer. “Su mujer”.

Dejó un beso sobre el latido y se apoyó sobre un brazo.

Catherine se volvió, cayendo de nuevo en un irreal duerme-vela. Parecía inocente, una niña en su vestido blanco; pero su olor era adictivo, y sus formas de mujer lo llamaban con canto de sirena. En su mente, Vincent revivió las primeras veces que la había visto: descansando en su cama, inocente y vulnerable. Como ahora.

Tantas veces había deseado hacer esto… Tantas…

Jugando, hundió la nariz entre sus pechos, y se deslizó hasta uno de ellos. La tela no era reveladora, pero sus labios hallaron al roce el pezón erecto y se aferraron a él, succionando suavemente a través de la tela. El quejido de su esposa tensó su cuerpo con anticipación. Vincent respiró profundamente. No había esperado marearse así, pero tampoco había soñado hacer esto alguna vez. Y necesitaba de toda su cordura. Aunque la niebla de contento a su alrededor no parecía peligrosa, “…hasta ahora…”.

Vincent acarició su mejilla con la nariz, jugando, mientras sus manos rozaban el exterior de sus muslos; cuando ella se movió de tal forma que quedaron entre ellos, él lanzó un suspiro rasgado. Esto empezaba a ser serio.

La besó aun brevemente. La sentía temblar. Su mano también vibró mientras subía. Vincent cerró los ojos, tratando de controlar el ramalazo de alegría: aún semi-dormida, estaba lista para hacer el amor; tal vez nunca creería que ella realmente lo amaba, pero la respuesta de su cuerpo a él era una prueba… una más…

Apenas Vincent se deslizó entre sus piernas, Catherine elevó las rodillas mientras lo rodeaba también con sus brazos. No estaba del todo despierta: fue un movimiento natural de bienvenida. Sintió las manos de su esposo deslizando hacia arriba su vestido, un gesto suave de adoración; casi pudo percibir la electricidad como él la sentía al contacto, en las yemas de los dedos. Lo sintió avanzar, detenerse vacilante a su entrada, deslizarse con veneración en su interior. El peso de Vincent era su ancla al mundo.

Lo escuchó susurrar su nombre, la voz rasgada pero firme, expresando en ese mantra todo cuanto los versos no podían abarcar, todo cuando su corazón sentía, antes de moverse en su interior.

Catherine se oyó gemir suavemente en el cuello de su esposo. Lo sintió temblar al sonido íntimo, al contacto. El movimiento comenzó suave, perezoso como las olas del tiempo, hasta que el fuego dolía en su interior. Él escuchó sus protestas, se deleitó en su rostro ávido. No se apresuró. Sus manos se crisparon, entrelazadas con las de Catherine, sobre la cama, mientras él continuaba torturándola a base de deseo hasta hacerla explotar en un grito ahogado. Solo entonces Vincent se permitió sentir, y olas de éxtasis se abalanzaron sobre él hasta ahogar su consciencia, mientras llenaba por completo a su amada y se derrumbaba a su lado.

 

Despertó lentamente. Recordaba, sentía el delgado cuerpo de Catherine sobre su cuerpo, podía acariciar la piel de su mujer a través de la tela, y aun así no podía creer que el mundo seguía allí y el miedo había acabado. En sus músculos el dolor sabía a libertad.

Catherine despertó a un mundo que no conocía, pero que había soñado. Bajo su mejilla, firme, potente, el corazón de Vincent latía. Era su olor el que la rodeaba; podía sentirlo dentro de sí, sentirse suya.

Los recuerdos, borrosos, como de embriaguez, se sucedieron en su mente.

-Dime que no fue un sueño –suspiró.

Un sonido extraño, híbrido de risa y arrullo, vibró desde muy dentro de él. Suficiencia. Confianza.

-No es un sueño –dijo finalmente, su hermosa voz vibrando en intimidad.

Catherine deslizó sus manos sobre el cuerpo de su amado. El descubrir que estaba cubierto la desilusionó. Además, la hizo consciente de su propio estado. Demasiado compuesto.

-¿Por qué…?

Una mano de él cubrió la que exploraba.

-No necesitaba más motivos para… Ver tu cuerpo… desnudo… habría agotado mi control antes…

El aire salió quebrado de su pecho. Catherine sonrió y se levantó para encontrar sus ojos. Por primera vez. Pues habían llegado a un mundo nuevo, y él había cambiado, como ella. Eran esposos, ahora. Qué extraña palabra.

-No me heriste.

-Este es tan buen momento como cualquier otro –Vincent sonrió- para decir “te lo dije”

Catherine sacudió la cabeza.

-Entiendo cuánto te ha costado este control. Cuánto te cuesta, aún ahora.

No resultaba fácil conversar, cuando el roce entre sus cuerpos recordaba tantos sueños, enervaba tantos otros por cumplir.

Vincent acunó la mejilla de ella en su mano. Tenía un lazo en la garganta. Ella también, y a pesar del Lazo que entre ellos se había roto, él lo sabía. Catherine sacudió la cabeza y se dejó caer sobre su cuerpo. El movimiento haló la camisa como una protesta, ¿o había sido intencional? Su pregunta sonó casual, también:

-¿De cuánto control dispones ahora mismo?
  

 

Nota del autor: Si les gustó esta historia, o incluso si no, me encantaría que me escribieran. Mi e-mail es claudialopez-at-puv-dot-sld-dot-cu  ¡Gracias!