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Amanecer

Rosaura Wells

Catherine parecía un ángel, allí, dormida entre sus brazos. Vincent rozó con la punta de sus dedos el rostro de su amada, y apartó un mechón dorado de cabello que sobre su rostro había caído, para observarla mejor. Ella respiraba con placidez, y un encantador rubor coloreaba sus mejillas; sonrió en sueños, y él respondió a su sonrisa, aún ausente en la contemplación. En momentos como este, Vincent apenas podía recordar qué había tenido poder para mantenerlos tanto tiempo alejados, siendo tan poderoso el amor que los unía.

Su mano resbaló por el cuello y los hombros de su amada, tocándolos apenas, hasta la sábana que cubría su desnudez. Hubiera querido hacerle el amor una vez más antes de partir, pero Catherine aún estaba agotada por las emociones de sus primeros encuentros, que se habían prolongado hasta bien entrada la madrugada; él podía sentirlo a través del lazo empático que los unía.

Vincent contempló la mano de Catherine, inocentemente apoyada sobre el pecho de él. La suave piel crema era mucho más clara que el espeso vello sobre el cual se apoyaba, pero de algún modo parecían ser del mismo color, solo diferente tono. Su visión artística se regodeó en ese detalle, con una nueva apreciación de la belleza de la imagen, que sugería otras semejanzas mucho más profundas.

La luz crema del amanecer ya iluminaba la suave piel de la dama. Era hora de partir. Vincent suspiró, resistiéndose a despertar de este sueño. ¿Cuánto tardaría en hacerle el amor de nuevo? Pensar en eso le causaba un gran dolor.

No quería despertarla. Tal vez ella aún soñaba con sus cuerpos unidos, estremecidos de placer, con las promesas pronunciadas por labios temblorosos, que habían precedido a este plácido sopor en el que se hallaba. Vincent sonrió ante ese presentimiento, con cierto ánimo posesivo que, por esta vez, no juzgó. Ahora él volvería a su mundo, y soñaría, como ella, hasta que sus sueños volvieran a hacerse realidad; pero ella podía sentirlos cerca un poco más, y sería una crueldad devolverla a la tierra desde aquel paraíso.

 La encerró en sus brazos y, volteándose, la hizo reposar en la cama. La visión del exquisito cuerpo de su amor bajo el suyo pugnó por despertar su deseo, pero Vincent respiró profundamente y, cerrando los ojos, se apartó de ella.

-¿Tan pronto te vas? –Vincent escuchó instantáneamente la voz delicada, femenina, proveniente de su espalda, y sonrió sin abrir los ojos- “Aún tarda el día. Es el canto del ruiseñor, no el de la alondra el que resuena (…) Es el ruiseñor, amado mío. ”

Vincent reconoció en sus frases la dulce despedida de los amantes de Verona, y los continuó sin esfuerzo.

-“Es la alondra que anuncia el alba; no es el ruiseñor”–respondió con voz grave, un poco temblorosa; se levantó y apartó las cortinas para mostrarle el cielo-. “Mira, amada mía, cómo se van tiñendo las nubes del oriente con los colores de la aurora” –Catherine abrió los ojos por un momento, pero su vista no fue atraída hacia el alba, sino hacia la magnificencia del cuerpo desnudo de su amado, que se recortaba contra el cielo-. “Ya se apagan las antorchas de la noche. Ya se adelanta el día con rápido paso sobre las húmedas cimas de los montes” –Vincent dejó caer la cortina y suspiró-. “Tengo que partir. O si no. Aquí me espera la muerte.”

Catherine cerró los ojos, negándose a aceptar la proximidad de la despedida.

-“No es ésa luz de la aurora. Te lo aseguro. Es un meteoro que desprende de su lumbre el Sol para guiarte en el camino”. “Quédate. ¿Por qué te vas tan luego?”

La súplica en la voz de su dama era irresistible, y Vincent, en un impulso, volvió a ella, se tendió en el lecho y la abrazó, cerrando los ojos.

-“¡Qué me prendan, que me maten!” –citó con vehemencia- “Mandándolo tú, poco importa. Diré que aquella luz gris que allí veo no es la de la mañana, sino el pálido reflejo de la luna. Diré que no es el canto de la alondra el que resuena. Más quiero quedarme que partir.” -cambió de tono- Ven, muerte, pues Catherine lo quiere –estas palabras no eran recitadas, y Catherine pudo sentirlo en el temblor de su propia piel, antes de que el tono de voz de su amado volviera a simular el de un actor-. “Amor mío, hablemos, que aún no amanece.”

Vincent habría declamado muchas veces, pero nunca de este modo. La realidad estaba tan cerca de la escena imaginaria… incluso en los peligros… La desesperación era la misma, y el fatalismo… Catherine sintió un escalofrío. Vincent comprendía perfectamente aquellos versos… y los estaba haciendo suyos…

-Sí, vete–susurró-, “que es la alondra la que canta con voz áspera y destemplada. ¡Y dicen que son armoniosos sus sones, cuando a nosotros viene a separarnos!” –lo rodeó con sus brazos, reteniéndolo, a pesar de sus palabras- “Dicen que cambia de ojos como el sapo. ¡Ojalá cambiara de voz! Maldita ella que me aparta de tus atractivos” –lentamente se apartó de él-. “Vete, que cada vez se clarea más la luz.”

Vincent la miró a los ojos, y, por primera vez en este día, la sumergió en el oscuro azul de sus iris y se perdió en el verdor de los de ella.

-“¡Un beso!” –pidió él en susurros.

Aún se miraron un momento, mientras se desprendían de las máscaras y una pasión no simulada se apoderaba de ellos. Entonces, Catherine entreabrió los labios y él, lentamente, se acercó a tomarlos. Con suavidad se mezcló con ella, humedeciendo y acariciando sus labios mientras sentía su sabor como un licor que borraba su mente y embotaba sus sentidos a todo lo demás. Catherine sintió su gentil posesión, y una vez más tembló inconscientemente, presintiendo las promesas en este gesto.

Demasiado pronto él se apartó de ella, dejándola aturdida.

-“¿Crees que volveremos a vernos?”-citó ella, tal vez con un significado menos literal que aquel que les había atribuido el autor, pero ciertamente no menos quejoso: los segundos que pasaría lejos de él parecerían siglos, especialmente ahora, y aún no había encontrado una medida de tiempo que hiciera soportables los minutos de separación.

-“Sí, y que en dulces coloquios de amor recordaremos nuestras angustias de ahora.” –había fe en aquellas palabras.

Repentinamente, Catherine presintió la magnificencia de su significado y, antes de atreverse a pensar en ello, buscó en los ojos de su amante la certeza de sus sospechas. Vincent sintió sus dudas y, sin apartar la mirada, curvó sus labios en una sonrisa tan llena de seguridad, de posesión y entrega, que fue suficiente respuesta. Catherine sintió que enloquecía de felicidad y gorjeó, y Vincent cerró los ojos, disfrutando de aquella sensación y vinculándola a este precioso sonido, que nunca antes había escuchado, pero que lo hacía sentir curiosamente satisfecho. Volvió a abrazarla, acariciando las suaves mejillas de ella con las suyas propias, y antes de que se diera cuenta su pecho comenzó a vibrar produciendo un sonido apenas audible, similar a un ronroneo.
 

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Nota del autor: Si les gustó esta historia, o incluso si no, me encantaría que me escribieran. Mi e-mail es claudialopez-at-puv-dot-sld-dot-cu ¡Gracias!